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Génesis e inmortalidad de una leyenda: JOHN WAYNE – de “LA DILIGENCIA” a “EL ÚLTIMO PISTOLERO”

A John Wayne, ese inmortal feo, fuerte y formal, le escribieron dos grandes e imperecederas declaraciones de amor -siempre hablando en términos cinematográficos, no se me confundan-. A saber: “Stagecoach”(1939) y “The shootist”(1976).

“Stagecoach”, más conocida por nuestra piel de toro como “La diligencia”, se convirtió en la primera cinta rodada en Monument Valley (lugar de peregrinación forzosa para los acólitos del western), y en a posteriori, una de las más vibrantes aventuras jamás filmadas.

Tanto al “Duque”, sobrenombre con que se conocía a Wayne, como al máximo responsable artístico de tan emblemática obra, el maestro John Ford, la película les catapultó al Olimpo de los inolvidables. Quien haya visto ya esta indiscutible joya del Séptimo Arte comprenderá perfectamente las razones. Quien se haya guardado hasta la fecha tan inmenso placer, podrá dar fe de mis palabras en cuanto Ford deslice la cámara -en vertiginoso travelling frontal- rumbo a la impactante presentación de Ringo Kid.

Descubierto por Raoul Walsh y cocinado en el western Serie B, John Wayne alcanza súbitamente el estrellato bajo la piel del ingenuo Ringo Kid, protagonista de la majestuosa "Stagecoach".

La segunda de las obras a tratar tardará en llegar casi cuarenta años. Vendrá firmada, o mejor dicho filmada, por Don Siegel. Será el más hermoso epitafio que a la carrera de John Wayne se le pudiera dedicar. Él épico final del último de los pistoleros. Y, dicho sea de paso, la mejor interpretación del Duque, tras casi medio siglo en la profesión. Una película imprescindible: “The shootist”.

En “The Shootist” -o “El último pistolero”, si nos atenemos a su poética traducción para España- John Wayne nos entrega, en su última intervención cinematográfica, un personaje cuyo carisma, personalidad e historial, guardan evidentes semejanzas con el actor que lo interpreta. El viejo J. B. Books busca solaz ante una muerte anunciada; Wayne luchaba tenaz contra un fatídico cáncer de estómago.

Estas dos magnas historias comparten protagonista y latitudes, pero se desarrollan en dos momentos históricos bien diferenciados.

El hombre blanco aún está domando el salvaje oeste en la obra de John Ford. Aterido de miedo en la mayoría de los casos, mas empujado a enfrentarse a los desafíos que dicha tarea impone por fuerza de la necesidad. En “The Shootist”, una vez franqueada la frontera del siglo XX, el hombre comienza a dominar el medio, a desnaturalizar todo elemento hostil. Comienza la era de la electricidad, del coche, de la comodidad. Los caminos polvorientos se van tornando vías asfaltadas. La lucha por no morir de hambre, aunque sigue fiel a su pasado en la mayoría de los casos, va dejando paso sibilinamente a la codicia más mezquina (esa que tan hondo caló en algunos).

“Le costará a los contribuyentes tres dólares diarios, más diez dólares por cabeza por el entierro. Muerte e impuestos Books, mantenerle vivo hasta que tenga una muerte natural costará mucho.” Fragmento de “The Shootist”.

Rodada en la roja tierra de la Nación Navaja, en un blanco y negro modélico (sin embargo); y engalanada con una fantástica B.S.O. (valedora de un Oscar para Richard Hageman), “La Diligencia” constituye un soberano ejercicio de maestría en la dirección, tanto a nivel narrativo como visual. Haciendo uso de una capacidad técnica inusitada, Ford factura escenas nocturnas de una fotografía inmácula y secuencias de acción impropias de la fecha en que se ruedan.

Este increíble resultado hubiera sido del todo punto imposible, déjenme añadir, sin el talento y coraje del gran Yakima Canutt.

Procedente del rodeo americano, Canutt no sólo era una institución en el ámbito de las escenas de riesgo (también fue responsable de la celebérrima carrera de cuadrigas de “Ben-Hur”), sino que constituía una vital inspiración para Wayne a la hora de actuar -amén de ser un gran amigo fuera de los focos-.

Que a los 90 años, un Yakima Canutt atestado de innumerables cicatrices muriera de causa natural, desafia todas y cada una de las leyes de la lógica.

Pero a la sobrenatural capacidad de Ford para filmar, no le anda a la zaga el texto entregado para la ocasión por Dudley Nichols (autor también de “La fiera de mi niña”). En el mismo quedan sagazmente encerrados -en el estrecho espacio que ofrece una diligencia-, los principales caracteres que componen la neonata nación estadounidense. Y lo que es más jugoso, las diatribas propias de tan particular circunstancia: juicios de valor conducidos por una moral ya anacrónica, pasados inmisericordes, diferentes modos de entender la vida en sociedad, una incipiente multiculturalidad… Problemáticas que, más de un siglo después, aparecen ante el espectador actual tenebrosamente contemporáneas:

  • Nos agobian con impuestos y, ¿qué conseguimos? (…) En vez de proteger a los hombres de negocios, (el gobierno) mete la nariz en los negocios. ¡Pero si se habla ya de poner inspectores a los bancos! ¡Como si los banqueros no supiéramos dirigir nuestros bancos! (…) Yo tengo unos lemas caballeros: “América para los americanos”, “El gobierno no debe intervenir en los negocios”, “Reducir impuestos”. Nuestra deuda nacional es algo vergonzoso. Lo que necesita este país, es un hombre de negocios como Presidente.
  • ¡Lo que necesita este país son más cogorzas

En “El último pistolero”, Siegel, por su parte, nos habla de la conversación de un hombre con su propio final, de la intensidad de ese crucial momento, del valor para afrontarlo con entereza, y del inquebrantable derecho humano a la dignidad.

Gracias a unos diálogos fantásticos (en buena medida cercenados en su patético doblaje), a una música original brillante -sabiamente dosificada a lo largo del filme- y, principalmente, al inmejorable trabajo de un John Wayne pletórico como desahuciado pistolero, Siegel consigue apuntalar su filmografía con otro magnífico western; y cerrar para la posteridad, la de una leyenda de la cinematografía mundial absolutamente irrepetible.

Queridos lectores, permítanme asegurar que a quien no le emocionen los primeros compases de “The Shootist”, o no le gusta el cine o está clínicamente muerto. En cualquiera de ambos casos, hágasenlo mirar por favor.

Buena parte de la grandeza de “El último pistolero” se debe también a la participación de secundarios de auténtico lujo. Ofrezco aquí pruebas que me exoneran de exageración: James Steward o Lauren Bacall, también en el crepúsculo de sus carreras, dan lo mejor de sí a lo largo de los 95 minutos de metraje. Mientras que actores hechos a la medida del lenguaje Siegel (Richard Boone, Scatman Croaches) completan un cast soberbio.

“La Diligencia y “The Shootist”: Western épico y western crepuscular que marcan el inicio y la inmortalidad de una leyenda. Cine en estado puro.

Alberto G. Sánchez – pelucabrasi

“No soporto injusticias, no soporto insultos, no soporto bravucones. No me comporto así con la gente y exijo lo mismo de ella.” John Bernard Books.

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