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Pero, ¿qué me vienes a contar ahora del Festival de Cannes? (Parte II)

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Así pues, ¿el palmarés ha sido en su integridad un disparate? Pues no, la verdad es que visto incluso está bastante equilibrado. Por ejemplo, el premio a Timothy Spall por “Mr. Turner” de Mike Leigh es irrefutable. Si nos ponemos muy quisquillosos (y yo a menudo me pongo en ese plan), podemos llegar a ver un cierto histrionismo, quizá ciertos tics de actor de escuela, como el uso de la voz, su forma de andar, …, ¡pero dejémonos de tonterías! La película es Timothy Spall (por encima incluso del pintor Turner) y todas sus virtudes dependen del completísimo retrato humano que hace este actor, interpretando de una forma tremendamente clásica que, precisamente, contrasta con una película que no lo es. Aunque por momentos lo parezca.

Y ahí está uno de los puntos flacos de esta edición. En la sección oficial, el único que se ha atrevido a ir realmente más allá en el lenguaje cinematográfico ha sido Godard. Bilge Ceylan ha hecho una obra magnífica, genial, con “Winter Sleep” presenta un riquísimo retrato psicológico de sus personajes, nos habla de la soledad, hace un cierto homenaje a Chéjov, etc. Es sensacional. Muchos, muchísimos de los que la vimos allí la hemos disfrutado mucho. Pero el dispositivo narrativo de “Érase una vez en Anatolia” (su anterior obra) quizá era superior y la hacia más especial, diferente que “Winter Sleep”.

Winter Sleep de Nuri Bilge Ceylan

No me apetece hablar de “Foxcatcher”, porque me pareció una gran tomadura de pelo y con ella nos van a llenar varios telediarios y en cuanto empiecen a hacer la promoción, buscarán que Steve Carell (sobre todo), Channing Tatum y/o Mark Ruffalo se lleven un Oscar. Y ya puestos, hasta su director, Bennett Miller. Se supone que en la lucha libre que llena tanto metraje de esta obra hay una sutil alusión a la homosexualidad, pero es tan sutil que se queda en una vacía cinta de lucha libre.

Si creíais que iba a hablar de Ken Loach, en fin, ¿para qué? Es lo de siempre. Pero de lo que sí me apetece hablar es de dos grandes (una, muy grande) películas que han quedado fuera del palmarés y que seguro que llegarán a nuestros cines. Por un lado, “The Homesman”, de Tommy Lee Jones, una obra que respira paisaje del oeste americano y lo retrata como muy pocos han hecho hasta ahora. Nos olvidamos del “Monument Valley” y vemos las praderas lisas, llanas, con un horizonte casi infinito y una naturaleza terrible, aunque no tanto como el propio ser humano. La película es desoladora y T.L. Jones se empeña en subrayar las repetidas sensaciones de derrota hasta hundirnos en la desesperanza. Pero tiene momentos de muy buen cine.

Y luego están los hermanos Dardenne. Son como AC/DC, hacen lo mismo, pero suena distinto cada vez. Con “Dos días, una noche” le han dado a Marion Cotillard no sólo uno de los mejores papeles de su carrera, sino uno de los mejores que se puede dar a una actriz. Si el festival hubiera sido honesto, se habría detenido tras la proyección, le habrían dado la Palma a mejor actriz a la sra. Cotillard y luego habría seguido. Pero Cannes, o al menos lo que sus seleccionadores entienden por Cannes, es un festival con mal humor y una visión bastante nihilista de la vida. A veces se permiten veleidades como “Nebraska” (de A Payne), “De tal padre, tal hijo” (de Kore-Eda), o la gran veleidad: “El árbol de la vida” (de T Mallick), pero no es la norma.

Marion Cotillard en "Dos Noches un Día" de los Dardenne

Incluso antes de que en 1968 Saura (siguiendo a todos los cineastas de la Nouvelle Vague y a algunos otros) consiguiera que se cancelara el festival (recordemos que estamos hablando del mes de mayo) al negarse delante del telón a que se proyectara “Peppermint Frappé”, se le ha asignado una cierta ideología social (algunos dicen “de izquierdas”) a esta cita cinematográfica que hoy se concreta en una mezcla muy paradójica, por no decir hipócrita. Al festival le gustan aquéllas cintas en las que hay conflictos sociales, pero no hay forma de arreglarlo (por ejemplo, “Hermosa juventud”, aunque se haya conformado con entrar en la sección Una cierta mirada). Es como si dijeran: “habría que hacer la revolución, pero hacerla para nada es tontería, así que me quedo en casa”. Películas de ese estilo las encontramos a cientos, pero dentro de ellas se establecen diferentes categoría: Sección oficial (de la que ya hemos hablado), Una cierta mirada (para las que o no van a hacer tanto dinero o nos da un poco de vergüenza meter a Ryan Gosling, pero seguro que atrae a mucha gente), o los festivales paralelos -y amigos- de la Quincena de los realizadores y la Semana de la crítica.

De este modo, “Jauja”, que para mí ha sido una de las grandes revelaciones del festival (si no la que más), no ha ido a sección oficial porque la dirige Lisandro Alonso, que es argentino (no olvidemos que al festival le gustan los directores mexicanos que nos hacen sufrir), hasta ahora ha hecho unas películas que bordeaban el cine experimental (en ésta no se aleja mucho) y da la impresión de que una película con un formato 4:3, casi cuadrado, para contar una historia que a nadie le queda muy claro de qué va, será una película no muy fácil de distribuir. Porque, encima, no es social. Y pese a todo eso, es mágica, te atrapa, crea un universo propio, te lleva a donde quiere y te deja solo en la nada, te hace pensar y no se despega de ti ni siquiera dos meses después de verla.

Viggo Mortensen en "Jauja" de Lisandro Alonso

Jauja” tiene incluso la virtud de hacerte pensar que deberías haber visto más películas de Una cierta mirada y no dejarte llevar por la masa pseudocinéfila que se arrastra viscosamente en colas interminables para asistir a las prooyecciones de la sección oficial. No dura mucho este pensamiento, pues rápidamente te acuerdas de las películas indias, de europa del este, africanas o de cualquier cinematografía con cupo que has visto otros años y te das cuenta de que en ocasiones esta “segunda división” del festival ha sido (y es) un cajón de sastre en el que cabe lo mejor y lo peor (¿Ryan Gosling?).

No obstante, en esta “segunda división” este año he podido disfrutar mucho. Por un lado, con la nueva película de Jaime Rosales, “Hermosa juventud, que ya hace tiempo se estrenó en España y que todos sabemos que no es lo mejor que ha hecho (para mí fue “Sueño y silencio”, pero admito que a veces soy un poco radical), que él mismo admite que está intentando ser un poco más accesible (algún mal pensado diría “se ha vendido”, pero -tono irónico, por favor- no seré yo el que lo diga, ¿eh?) y que al fin y al cabo sirve como explicación sencilla para un extranjero de lo que sucede a España. Bueno, bien. Luego llega Mathieu Amalric y en apenas una hora y veinte te da una lección de cine que te deja anclado a la butaca.

“La habitación azul” es, a estas alturas de la historia del cine, un ejercicio magnífico de uso del flashback, combinado con un montaje, una dirección y una interpretación espléndidos. Para qué queremos más. Y eso que Amalric es un personaje que me provoca cierto rechazo, le veo aires intelectualoides y pretenciosos que, por ejemplo, en “Tournée” me resultaban insoportables. Pues bien, ahora me cae hasta simpático, porque el ejercicio de estilo que se plantea en esta película (que nadie sabe cómo no se llevó ningún premio) al tiempo que ejerce de protagonista algo bobalicón es sensacional. Se estrenó en Francia al poco de pasar por el festival con muy buenas críticas.

Y por cerrar el repaso a esta sección, una que sí recibió (premio especial, que en este caso es el tercer premio) fue “La sal de la tierra”, el documental que Wim Wenders y el hijo de Sebastiao Salgado (Joao Ribeiro Salgado) han realizado sobre la obra de este sensacional fotógrafo portugués. La obra empieza muy bien y los hallazgos visuales que consigue al superponer las fotos con la imagen actual de Salgado son innegables, es un gusto repasar la trayectoria de este fotógrafo (aunque sus fotografías no sean precisamente la alegría de la huerta), pero se nos queda a medias, apenas apunta el conflicto con un hijo al que apenas vio crecer por causa de su trabajo y el papel de la fiel mujer de Salgado como madre de sus hijos y editora de sus fotos se nos antoja casi de otro siglo, o al menos alguien debería haberle preguntado por su vida.

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Antonio Peláez Barceló

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