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¿Quién te ha dicho que un western sea una película del oeste?

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Nunca he sido capaz de comprender el rechazo que provoca el western en el espectador actual. Pero lo que verdaderamente me resulta más alarmante es la indiferencia que muestran muchos analistas y críticos de cine hacia un género que, independientemente de su contexto, trata sobre el honor, la dignidad, la supervivencia, la camaradería, la soledad, el valor, el imperio de la ley, y un sinfín de temas de interés general. Me atrevería a afirmar que renegar del western implica renegar del ser humano. Por esa misma razón, al leer las líneas de Aristarco en las que parafrasea a Flaubert y su “hay que saber admirar aquello que no se ama”, no puedo evitar pensar en esta fobia tan común, basada (en gran medida) en el prejuicio.

Afortunadamente, por mucho que ignoremos clásicos como ‘El Hombre que mató a Liberty Valance’ o ‘Río Bravo’, su valor jamás desaparecerá. Acercarse a sus imágenes con los ojos de quién detesta el género, implica dejar de disfrutar, por ejemplo, la historia de amor que contiene el western crepuscular de John Ford y el magnífico sentido de la aventura y el humor que rebosa la obra de Howard Hawks. Si me apuran, supone ignorar los orígenes más próximos y la evolución de una civilización que, a día de hoy, marca el ritmo al que se mueve el globo terráqueo.

El Hombre que mató a Liberty Valance

Pero no se trata de glorificar a los Estados Unidos de América a través de la reivindicación de un género. Al analizar este tipo de cine, deberíamos tener en cuenta que muchos de sus guiones no fueron escritos por generación espontánea, sino inspirados en novelas, relatos cortos, y artículos de prensa publicados mucho antes de que el cinematógrafo de los Lumiere asaltara las calles de París. Tampoco convendría olvidar la influencia en su fotografía de muchos pintores, que también realizaron sus obras cuando América ni siquiera existía para el viejo continente. Al igual que la comedia, el romance, la acción, o el thriller, el western está compuesto del saber milenario que el ser humano ha ido construyendo a lo largo de su existencia, de modo que su contexto histórico no impide que las películas circunscritas a este género sean atemporales y puedan ser interpretadas y criticadas no sólo en términos cinematográficos.

Como comentábamos al inicio de este texto, son muchos los que se han obsesionado por su marcada estética y las peculiaridades de sus coordenadas espacio-temporales, dejando al margen el enriquecedor fondo y las incalculables enseñanzas de muchas de sus producciones, y cayendo en el error de valorar parcialmente una obra de arte. Sin embargo, los enemigos del western no sólo se encuentran entre sus detractores, sino también entre los que no son capaces de asimilar las nuevas mutaciones de un género ya centenario. Pero el tiempo lo cura todo, y algunos de los que antaño criticaron a Sam Peckinpah y a Sergio Leone por sus infidelidades a la tradición del género, ahora les aclaman como cineastas clásicos. Y cómo no, la historia se repite: hoy día, tenemos la ocasión de observar en primera fila los ataques que recibe el revisionismo de Quentin Tarantino en ‘Django Desencadenado’ y ‘Los Odiosos Ocho'; veamos qué se dice de estas películas dentro de unos años.

William Hondeen en Grupo Salvaje

Por esa misma razón, cuando un crítico elogia un western únicamente por la magnificencia de sus paisajes, la recreación de sus ciudades, o el aroma a cine añejo que desprenden sus imágenes, le hace un flaco favor a un género que necesita ser reivindicado por su eterna vigencia. ¿Por qué escribir un texto sobre ‘Incidente en Ox-Bow’ haciendo hincapié en las etiqueta que muchos rechazan, y no incidiendo en su condena del linchamiento y la pena de muerte? Quizás gran parte del problema radique en la crítica, que no ha sido capaz de vender un magnífico producto a pesar de sus múltiples cualidades, y no ha orientado la mirada del espectador hacia la puesta en escena de directores como William A. Wellman, que convirtió una película del oeste en una reflexión vibrante sobre un asunto de rabiosa actualidad en el momento de su estreno, o del citado Peckinpah en su ‘Grupo Salvaje’, que contiene uno de los análisis más estremecedores sobre la amistad y la nobleza jamás proyectados en la gran pantalla.

Mucho me temo que ya es demasiado tarde para frenar esta inercia y convencer al gran público sobre la naturaleza “macguffinesca” del cine del oeste. Estas películas no son de vaqueros e indios (La Legión Invencible), ni del oeste (Horizontes de Grandeza), ni de pistoleros (Sin Perdón), ni de reses que son trasladadas a lo largo de extensos territorios desérticos (Río Rojo). También es tarde para hacerle ver que las interpretaciones de antaño, esas que muchos tachan de acartonadas, y los interiores artificiales de estudio, han dado paso a obras más realistas y creíbles (para los que no quisieran creerse las antiguas), que se ajustan a la decreciente inocencia del espectador actual. Sirva como ejemplo la admirable ‘Deuda de Honor’, con la que este año nos ha deleitado Tommy Lee Jones. Afortunadamente, todavía se siguen filmando oportunidades para que dejen de pensar que un western es una película del oeste.

Carlos Fernández Castro

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