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Reflexiones de Película: la Envidia necesita un Rostro (Felices 140, 2015)

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Rostros sorprendidos, rostros entusiasmados, rostros bañados en lágrimas de felicidad, rostros de personas que saltan y se abrazan mientras descorchan botellas de champán…, rostros que nunca son el nuestro.

Maribel Verdú en Felices 140

“Otro día seré yo –nos decimos al apagar la televisión-, lo importante es tener salud”. Las mismas imágenes se cuelan en nuestro salón desde que tenemos uso de razón. Desde niños hemos ido recogiendo, una a una, este tipo de secuencias condicionantes, y alicatando con ellas nuestro particular túnel para huir de la pobreza, reforzando al mismo tiempo la creencia de que por la lógica redistributiva del propio sistema tal salida es imposible.

Y lloramos nosotros también motivados en parte por la empatía, pero sobre todo por la
envidia. La misma que nos obliga a seguir albergando la ridícula esperanza de que algún día será el nuestro el rostro protagonista. Soñamos a la inversa con el día en que todos contemplarán envidiosos y boquiabiertos cómo es nuestra la cara que desaparece del sistema por esa puerta trasera justo antes de que en la pantalla se lea el consabido “The End” y una música evocadora haga bailar los títulos de crédito.

Al igual que ocurre en las películas que acaban con un apasionado beso de los protagonistas antes del fundido a negro, el final feliz llega tras una enorme tensión argumental y está concebido como una catarsis liberadora en la que el pico emocional alcanza cotas máximas. Salimos del cine dando por hecho que los personajes continuarán entregados a su amor indefinidamente, al igual que apagamos la tele presuponiendo que los afortunados del sorteo del año, del mes, de la semana o del día, seguirán dando botes de alegría eternamente. Sin embargo, la realidad, esa otra realidad no manifiesta y que a nadie parece interesarle, no es así.

Azcona contaba que cuando su familia celebraba algo en su casa, se cantaba, se bailaba y se reía hasta que su madre callaba, ensombrecía el rostro y decía: “Ya lo pagaremos”. Este pesimismo cultivado por una época cruel en nuestro país, por la guerra y por los numerosos cambios de un ruidoso siglo XX es el que contagió al guionista de Plácido o El verdugo durante toda su vida y que le hizo dibujar personajes hipócritas, despreciables, irrisorios y casi ridículos. La magia estaba en que Azcona le echaba tanto cariño y buen gusto que esos personajes también eran entrañables.

Reparto de Felices 140 de Gracia Querejeta

Gracia Querejeta, sin embargo, no es tan benevolente, y nos ofrece en Felices 140 un bodegón preñado de claroscuros del pecado capital español por antonomasia: el placer de generar envidia y el placer de castigar al culpable de provocarla.

La madre de Azcona, al igual que Elia, el personaje protagonista de Felices 140 (o cualquiera de los españoles que sentimos que en nuestro ADN hay una generosa dosis de mezquindad y que otra no menos parca la hemos mamado), como buena conocedora que es de la moral esclava imperante en el rebaño, más que alegrarse, teme tener algo que celebrar, porque es consciente de que con ello suscitará las envidias de sus prójimos y, en consecuencia, deberá estar dispuesta a afrontar con abnegación el castigo que la grey le imponga en compensación por el dolor causado.

Pues si bien el resentimiento por parte de los débiles contra los poderosos es el magma, que en ocasiones erupta pero mantiene con vida nuestra historia, la rabia, el rencor y la inquina que genera entre los borregos que uno de sus miembros abandone el aprisco, derivan en una de las condenas más peligrosas, crueles e imprevisibles que existen: la venganza por envidia, que sirve de inspiración para este trágico y bello pasodoble…

“Yo he visto pelear a dos amigos,
familias que no quieren tratarse,
vecinos que se odian a muerte
y hermanos llegar a traicionarse…
Por envidia se llega a matar.
Por envidia se llega a morir.
Por envidia la pena y el mal, el odio y el fin.
Por envidia un día nació la venganza, que todo es rencor.
Por envidia también terminó esa historia tan bella que hablaba de amor”.

Una envidia bien cultivada, bien educada, bien cocinada a fuego lento y bien sazonada (siguiendo al pie de la letra la tradicional receta española) provoca en su comensal los mismos retortijones, las mismas flatulencias y las mismas diarreas subjetivas que las producidas por los raptos emocionales de rabia, indignación, frustración y afán de venganza que cabrían esperarse en las víctimas de crímenes muy graves cuya alevosía y premeditación por parte de los ejecutores fuesen perfecta y completamente objetivas y demostrables ante un tribunal de justicia.

Sin embargo, los envidiosos son conscientes de que ninguna corte penal aceptará la causa contra el envidiado. Por lo que se impone recurrir a métodos de sanción más subversivos.

La persona generadora de envidia, por su parte, al proceder de baja extracción, se avergüenza de ser feliz y considera que su dicha es una ignominia, dada la cantidad de miseria existente a su alrededor. Se autopresupone culpable porque ya se sabe distinta a los que hasta el momento eran sus iguales. Aunque no lo quiera, ha de abandonarlos, pues sabe que, bajo el embrujo de la envidia, sus allegados, lejos de alegrarse de su triunfo, tomarán conciencia dolorosamente de sus propias carencias, frustraciones y miedos.

Sabe que, incapaces de librarse de sus complejos de inferioridad, necesitaran canalizar su insatisfacción juzgándola, criticándola, vengándose de ella. Consciente de su “traición” se predispone mansamente, bajo los efectos de lo que se conoce como Síndrome de Solomon, a recibir el castigo por su “falta”. Pero en su fuero interno sabe que es injusto, que ella no ha hecho nada para recibir tan severa punición. Ante la total imprevisibilidad y la completa certeza de que será víctima de un ataque, subconscientemente comienza a elaborar intricados planes defensivos que, en ocasiones, se transforman a su vez en ataques preventivos.

De este modo, tanto los envidiosos como los envidiados ejecutan una coreografía atávica, largamente ensayada y perfeccionada por los siglos de los siglos. La danza de los planes ocultos: en la que deseamos hacer creer a los demás (y a veces incluso a nosotros mismos) que nuestro rumbo y nuestras intenciones son unas, cuando en nuestro fuero interno deseamos dirigirnos y alcanzar unos objetivos muy diferentes…

Si quieres leer el texto completo, tienes dos opciones:

El PDFLA ENVIDIA NECESITA UN ROSTRO

El Podcast

Rubén Chacón Sanchidrián

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