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Yo vengo aquí a hablar del libro: Blade Runner (¿Sueñan los Androides con Ovejas Eléctricas?)

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El objetivo de estas líneas es comparar, de forma muy resumida, las películas con los libros en los que se basan. El cine ha bebido de la literatura desde siempre y puede resultar interesante ver cuáles son las similitudes y diferencias entre las dos representaciones de una misma obra: veremos finales que se cambian, cómo algunos personajes desaparecen, aparecen o cambian, los giros en la trama para que teóricamente ésta resulte más interesante en pantalla, qué se corta, qué se alarga y qué se añade, etc. Para ello tendremos a veces que contar detalles que es mejor no desvelar a aquellos que no han visto la película o leído el libro pero bueno, ya estáis avisados…

“¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?” es una novela corta escrita por Philip K. Dick y publicada en 1968 que no alcanzó la fama hasta que Ridley Scott la dio a conocer como la hoy famosísima Blade Runner.

Las diferencias entre libro y película comienzan ya con el título de la obra: para quien no haya leído el libro, dicho título no tendrá sentido alguno.  No obstante, se trata de una pregunta que alude a uno de los temas favoritos de Philip K. Dick como es la distinción entre lo genuino y, por tanto, valioso, y lo artificial, que no pasa de ser un sustituto de segundo orden. El autor también utiliza el título para atribuir una cualidad propia del hombre, en este caso “soñar” en su acepción de “desear”, a un androide. Aquí esta la clave de la novela y película: cómo diferenciar a un ser humano de una máquina o , en otras palabras, el conflicto moral al que se enfrenta Rick Deckard, un cazador de recompensas (el blade runner de Scott representado por Harrison Ford) cuando la diferencia entre los términos matar y destruir no está clara. K. Dick ambienta este conflicto en un mundo contaminado con polvo radiactivo tras una explosión nuclear y en el que la mayoría de la población ha emigrado a colonias en el espacio donde se sirve de los androides para las tareas más pesadas. En la Tierra, sólo quedan aquéllos con deficiencias mentales ocasionadas por la radiación (los “cabeza de chorlito”) y los que no han querido emigrar por diversos motivos pese a la insistencia de las instituciones. K. Dick se sirve de estas circunstancias para plantear otra pregunta: hasta qué punto un androide más inteligente, más perfecto en apariencia, más capacitado para vivir en una atmósfera envenenada y prácticamente idéntico a un ser humano en casi todos los sentidos, es tan sólo una máquina y por tanto menos valioso que un hombre. Por otro lado : ¿qué es lo que define a un hombre como tal? La respuesta puede estar en el grado de empatía.

K. Dick describe la empatía como un elemento diferenciador entre hombre y androide y es lo que permite a Deckard distinguir entre ambos a través de un test. No obstante, pese a que el hombre se define por tener esa cualidad, en la Tierra hay un sector de la población prácticamente sin derechos : los “cabeza de chorlito”. En este punto, libro y película divergen. Mientras que el Isidore de K. Dick es un “cabeza de chorlito” prisionero en un mundo que no le tiene en cuenta como deshecho social que es, el Sebastian de Scott es un diseñador de autómatas sin ninguna deficiencia mental. El director no hace referencia a esta discriminación (simplemente se dice que padece una enfermedad degenerativa que le impide emigrar) . Tampoco ahonda en el temor de Rick Deckard y su mujer (Iran, a la que la película no menciona) a convertirse en alguien como Isidore tras una exposición continua al polvo radiactivo.

Los “cabeza de chorlito” no son la única consecuencia del desastre nuclear: en este mundo post-apocalíptico, las pocas especies animales que han podido sobrevivir están en peligro de extinción. Este es el motivo por el que poseer un animal genuino es un signo de status social y un objetivo para cualquier ciudadano de la Tierra. Se trata de un  signo de civismo y una reivindicación del lado más noble del ser humano en su patético intento de redimir la destrucción de la vida que ha ocasionado.

A medida que nos adentramos en la trama de la novela de K. Dick seguimos encontrando otras referencias que Scott no menciona en su Blade Runner. Por ejemplo, volvemos a ver el enfrentamiento entre lo artificial y lo genuino en el caso de la máquina Penfield. Se trata de un aparato para inducir estados de ánimo que Iran, rechaza de forma casi visceral: “la primera reacción fue de gratitud por poder disponer de un aparato Penfield pero luego comprendí lo insano que era el no sentir la soledad […] y no poder reaccionar…¿comprendes? Me figuro que no. Eso antes se consideraba como una señal de enfermedad mental”.

Libro y película coinciden en la idea de que si algo tan “humano” como un sentimiento se puede falsificar, la frontera entre el hombre y el androide se estrecha todavía más. Iran llama a su marido Rick asesino porque su trabajo es “retirar” androides pero en un mundo en el que lo que define al ser humano puede ser imitado casi a la perfección,  la esencia de lo que constituye ser un “hombre” se vuelve imposible de definir. La androide/replicante Rachel (Sean Young) le pregunta a Deckard si alguna vez ha retirado a un ser humano por error. Al fin y al cabo, Rachel también tiene miedo a la muerte, recuerdos, se pregunta como será tener un hijo y parece capaz de amar a Deckard: “Nosotros, los androides, no podemos controlar nuestras pasiones […]. ¿Te gusto?”. El conflicto moral, como decíamos, ya está servido. La empatía, como guía para definir al ser humano es algo demasiado vago como para constituir un signo determinante y el cazador de recompensas tiene dudas: “Biológica y verdaderamente sí [estás viva] no eres un conjunto de circuitos […] eres una entidad orgánica” . La tecnología ha permitido imitar animales y hombres casi a la perfección y la humanidad busca caminos para redefinirse tras “la caída al mundo de las tumbas” que significó la explosión nuclear.

Este sentimiento de culpa, la esperanza de que el ciclo de la vida prosiga tras el desastre y la necesidad de unión con el resto de la humanidad en un mundo casi  despoblado, se funden y encuentran su máxima expresión en el Mercerismo, una especie de filosofía basada en la empatía a la que Scott no alude en su película. A través de un artilugio, tan artificial como la maquina Penfield, es posible compartir (y hasta sufrir físicamente) los sentimientos  del resto de la humanidad acompañando a Mercer, una especie de mártir capaz de resucitar a los muertos, en su interminable ascensión desde el mundo de las tumbas a lo alto de una colina. Esta ascensión simboliza el eterno ciclo de la vida y la muerte que parece haberse interrumpido cuando la vida no toma el relevo en una Tierra moribunda.

Scott, deja de lado todas estas cuestiones planteadas por K. Dick y se centra fundamentalmente en el conflicto moral que le supone a Deckard el no poder distinguir hombres y androides-replicantes con total certeza. Su desorientación llega al punto de preguntarse si él mismo es un replicante (como así lo da a entender Scott). Lo que sí hace el director de Blade Runner a la perfección, a través de una estética que hizo historia y una banda sonora excepcional entre otras cosas, es transmitir al espectador la desesperanza y pesimismo de un futuro no muy lejano. Pero lo hace utilizando elementos diferentes a los de K. Dick. El escritor imaginó una ciudad con eterna lluvia de polvo radiactivo y con enormes bloques de apartamentos deshabitados; edificios cuyas azoteas se destinan a recintos para mantener a animales, ya sean mecánicos o genuinos, y una atmósfera deprimente de silencio y soledad sólo interrumpida por el eterno “Show de Buster y sus Amigos” emitido por televisión 23 horas al día. Scott en cambio describe una ciudad igualmente inhumana pero abarrotada de gente en la que la soledad es, si cabe, más patente y en la que, irónicamente, aparece de continuo un mensaje en una pantalla que nos anima a disfrutar (enjoy).

Libro y película también difieren en el desenlace. En el caso de la película, Deckard y Rachel huyen juntos de una sociedad que no permitiría su relación mientras que el final de K. Dick es muy diferente. El escritor describe a Iran tomando una taza de café tras descubrir un pequeño panel eléctrico en un sapo que creía genuino. Pero esta cuestión ya no parece importarle.

Curiosidades:

El término “Blade Runner” no aparece en la obra de Philiph K. Dick; el autor se refiere al protagonista simplemente como un cazador de recompensas. Scott tomo el término de la novela “The Bladerunner” de Alan E. Nourse , otro escritor de ciencia ficción.

Los hechos que narra la novela de Philip K. Dick tienen lugar en 1992.

El famoso discurso que pronuncia el replicante Roy Batty (interpretado por Rutger Hauer) al final de la película antes de morir y que comienza como “Yo… he visto cosas que vosotros no creeríais…”,  no figura en el libro.

Parece que el mismo Scott confesó en una ocasión que jamás había leído una obra de K. Dick (incluyendo la que le sirvió de base para Blade Runner). El director de cine simplemente utilizó unas notas, hechas por otra persona, que resumían la novela.

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