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Crónica desde el Festival de Cine de San Sebastián 2018 (28 de septiembre)

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El segundo día de mi cobertura de la 66 edición del Festival de Cine de San Sebastián ha dado para seguir cubriendo la sección oficial y la sección dedicada a perlas de otros festivales. El balance se ha saldado con dos películas muy satisfactorias, un entretenimiento de saldo y dos decepciones con letras mayúsculas.

66 festival de cine de san sebastian

La incertidumbre acompañaba los prolegómenos de la primera película de la mañana: Blind Spot una cinta noruega que participa en la sección oficial y supone el debut de la actriz Tuva Novotny en la dirección y en la escritura de guion. La sorpresa ha sido mayúscula gracias a la ausencia de antecedentes y a mi desconocimiento voluntario sobre el argumento y los pormenores técnicos del film. En primer lugar, impactan sus 98 minutos en plano secuencia, totalmente justificados por la intensidad del contenido y el efecto que parece perseguir su narración. Según transcurren los minutos, comprobamos la enorme eficiencia de la debutante a la hora de planificar todo lo que sucede delante del objetivo y gestionar las limitadas posibilidades de un guion que es validado por la siguiente avalancha de aciertos: una excepcional dirección, su minuciosa atención al detalle, el acertado empleo del fuera de campo y la imprescindible dirección de actores. Ante nuestras pupilas, una preadolescente aparentemente feliz decide suicidarse después de un rutinario entrenamiento de balonmano. Estamos ante una película de efectos devastadores que invita a reflexionar sobre la educación de los menores, esos grandes desconocidos que esconden en su interior una complejidad muy superior a la que habitualmente queremos adivinar. Entre sus innumerables virtudes, destaca la memorable interpretación de esa madre en proceso de descomposición a la que da vida Pia Tjelta.

El momento era propicio para degustar una nueva perla. En este caso, el calendario obligaba a presenciar otro debut de un actor detrás de las cámaras: Ha nacido una estrella. Una vez concluido su metraje, comprendí finalmente por qué Clint Eastwood rechazó el encargo de la enésima revisión de este clásico hollywoodiense: el guion de Eric Roth no aporta novedades y zozobra al sentirse incapaz de actualizar su tramo final. Por si fuera poco, el trabajo de Bradley Cooper en la dirección es plano y llamativamente torpe en ciertos momentos dramáticos. Ni siquiera las actuaciones musicales de Lady Gaga son capaces de compensar este descalabro musical al que, en sintonía con el grueso de la producción cinematográfica actual, le sobra más de media hora de metraje.

Tras el almuerzo, tocaba escoger una película que mantuviera la atención y huyera del ritmo parsimonioso de algunas propuestas. The Wolf Brigade parecía una opción mas que razonable. Tras habernos deleitado con trabajos como Encontré al diablo, El bueno, el feo y el raro o El imperio de las sombras, Kim Jee-woon se postulaba como uno de los platos fuertes de la sección oficial. Sin embargo, su adaptación en imagen real del anime japonés Jin Roh se antoja como una mera excusa para rodar un buen puñado de secuencias de acción. A pesar de la clase y el nervio de sus secuencias, se echa en falta el mayor desarrollo de un argumento de lo más interesante: en el año 2029, un grupo terrorista armado se opone al gobierno en su intención de unificar las dos Coreas. Una vez más, nos encontramos ante un barullo de finales alternativos que provocan el exceso de metraje y transmiten las inseguridades de un director habitualmente decidido.

Fuera de concurso, pero dentro de la sección oficial, figuraba el segundo largometraje de Drew Goddard, que había sorprendido a propios y a extraños con La cabaña de bosque. Tras su exitosa revisión de un cierto cine de terror, Malos tiempos en El Royale supone un nuevo ejercicio de género que carece de la originalidad de su debut y deja entrever las influencias del Tarantino más reciente. El director americano confirma su facilidad para entretener y sorprender al espectador con sus golpes de efecto y giros argumentales, pero se deleita demasiado en el pasado de sus personajes y en un desenlace que prolonga innecesariamente una película necesitada urgentemente de pista de aterrizaje.

Afortunadamente me había garantizado un cierre de jornada infalible. Buceando en la sección Perlas, seleccioné un título que había deleitado los paladares más exigentes del pasado Festival de Cannes y venía firmado por el infalible Jia Zhang-ke. Sumido en un permanente estado de gracia, el director chino vuelve a realizar una magnífica radiografía de su país en varios tiempos. Sin abandonar el retrato social, Ash is Purest White se centra en el turbulento drama romántico que viven un pequeño mafioso y su mujer a lo largo de varias décadas. Destaca una dirección que siempre en busca del naturalismo y la exposición emocional de sus personajes, así como la interpretación de una Zhao Tao que devora constantemente la pantalla y es capaz de transmitir amor, orgullo, rencor y dignidad en un mismo plano. Al igual que la película, parte de la pasión, fluye hacia la decepción y desemboca en la indiferencia. Una obra que hace honor a la sección en que está incluida.

Carlos Fernández Castro

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