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Crónica desde el Festival de Cine de San Sebastián 2018 (29 de septiembre)

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El último sábado de Zinemaldia no suele ofrecer emociones fuertes. Por esa misma razón decidí recuperar dos títulos de la sección perlas que me llamaban la atención por motivos muy diferentes: la supuesta pornografía sentimental de Nadine Labaki y resolver la incertidumbre que provocaba un western en manos del director francés Jacques Audiard.

66 festival de cine de san sebastian

No creo que Labaki haya filmado una obra maestra, cómo podría deducirse de la nota obtenida por Cafarnaúm en la votación del público. Pero tampoco sintonizo con los que la consideran una obra abyecta e inmoral. Es evidente que las formas empleadas por la directora libanesa no concuerdan con el fondo de su narración, por lo que la estilización de sus planos resta impacto a su denuncia e incluso puede llegar a trivializar el horror implícito en sus imágenes. Posiblemente se trate de una estrategia para llegar a un público más amplio, algo totalmente lícito si, como piensa este crítico, la película denuncia una cruda realidad y no se alimenta de las miserias expuestas en la gran pantalla para conseguir el favor del espectador y los festivales.

Sin embargo, hay algo que me impide aplaudir esta obra, a pesar de su potencia visual, de su voluntad crítica y del talento de Labaki para imprimir un ritmo intenso a su relato. Se trata del punto de vista de su narración, el del niño protagonista que denuncia a sus padres por haberle traído a un mundo cruel y por no responsabilizarse del bienestar de la familia. ¿Acaso un niño de doce años que no tiene cubiertas sus necesidades fisiológicas (las principales según la pirámide de Abraham Maslow) puede aspirar a pensamientos tan sofisticados? La respuesta es un rotundo no, y no solamente basándonos en la obra del norteamericano, ‘Una teoría sobre la motivación humana‘, segun la cual este razonamiento correspondería a un cuarto nivel (reconocimiento) al que habría que llegar tras cubrir los relativos a la seguridad y la afiliacion, sino en nuestro sentido común. Por consiguiente, una vez derrumbada la premisa queda invalidada una obra que, edulcorantes aparte, aspira a un cierto tipo de realismo social negado. Por consiguiente, Cafarnaúm aspira a un cierto tipo de realismo cinematográfico que su propia premisa y, en parte, su forma se encargan de anular de manera parcial.

Entrada The Sisters Brothers

Nada que discutir a Jacques Audiard, quien demuestra una versatilidad más allá de lo imaginable, al adentrarse en los terrenos del western ofreciendo una visión personal del género y, al mismo tiempo, respetando sus claves más características. En The Sisters Brothers el francés abraza los territorios abiertos del oeste americano para narrar una historia de hermandad en el sentido más estricto de la palabra (y en el figurado). Entre galopadas a caballo y conversaciones humanistas de mayor o menor calibre intelectual, los personajes de Audiard sorprenden por su dificultad a la hora de encajar en los arquetipos del género. Ya sea por la comicidad de las conversaciones entre dos hermanos diametralmente opuestos, ya sea por la sofisticación de los diálogos entre el detective y su presa, la película adquiere un tono inesperado para los amantes del género. Aunque algunos podrían ver en Joaquin Phoenix y John C. Reilly una versión actualizada y bufonesca de John Wayne y Víctor McLaghlen y podrían apreciar los ecos de Howard Hawks en la camaradería de los personajes interpretados por Jake Gyllenhaal y Riz Ahmed. En definitiva, Audiard triunfa en un reto casi suicida, que recuerda la versatilidad de un cine proclive a reflexiones univesales como las planteadas en esta película.

Carlos Fernández Castro

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