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Crónica desde la Berlinale 2019 (Festival Internacional de Cine de Berlín)

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Cuando el cine no tuviese ya nada que arriesgar, cuando dejase de ser una provocación, si se convirtiese en un artilugio aséptico y liso, habría dejado de servirnos. Entiéndame el lector: no me refiero aquí a una provocación al estilo von Trier o Noé, explícita, evidente, cuestionable, que eleva lo feo, lo asqueroso, a objeto de consumo. Quizá hoy la provocación, más que la violencia o la orgía explícita de los mencionados (y algunos otros), resida en la capacidad de no doblarse ante la dictadura de lo políticamente correcto, de permanecer incólume, auténtico, ante los embates de la dictadura del pensamiento único. Y del dinero. Por lo que se ve, Cannes comienza a hacer aguas en varios frentes a este respecto. También Venecia.

69 edición de la Berlinale 2019

Pero hay algo en Berlín que conserva aún el germen de una frescura inquebrantable. De no ser así, los programadores habrían cedido al pavor de poner como una de las joyas de la corona de la sección Retrospektive, este año centrada en Charlotte Rampling, la deliciosa Stardust Memories (1980) del defenestrado Woody Allen. Nótese que el hecho de que para dicha cinta, bien fuera de la Sección Oficial y de todo lo nuevo que el Festival tiene que ofrecer, estuviesen agotadas las localidades en varios de los pases, da una idea de que los cinéfilos y la prensa tienen otros criterios que la industria a la hora de separar las obras de sus autores; criterios defendiblemente más sanos, acaso menos farisaicos.

Este año, no solo la mencionada Retrospektiv se ha dedicado a rescatar tesoros del pasado. Con el pretexto de la celebración del cuadragésimo aniversario de la sección Panorama, especialmente comprometida con el cine de autor e independiente, se ha estrenado en la presente Berlinale Panorama 40, que rescata las mejores obras pasadas por Panorama en las últimas cuatro décadas. La presentación de la recién nacida sección se hizo en forma de sesión doble con dos películas que bien pueden marcar los extremos de todo lo que ha pasado por allí. De un lado, Rebels of the Neon God (Qīngshàonián Nézhā, 1992) de Tsai-Ming Liang, con su estética de lo repulsivo y el mundo desesperanzado que es propio del taiwanés, y, tras apenas tres cuartos de hora de solución de continuidad, el delicioso coming-of-age sueco Mi vida como perro (Mitt liv som hund, Lasse Hallström, 1985), una película a redescubrir y que, sin ser almibarada, constituye un derroche de ternura y una mirada simpática y agradecida al ocaso de la infancia.

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La aparición de Panorama 40, lógicamente, no ha venido a sustituir Panorama, posiblemente la sección más interesante tras la Oficial, este año con una importante presencia de cine documental, tan mal tratado por nuestras latitudes. Conviene ver y reflexionar acerca de Serendipity, de la artista francesa Prune Nourry. Diagnosticada de cáncer de mama, Nourry muestra, casi siempre sin caer en el efectismo, su proceso vital desde la aparición de la enfermedad en 2011 hasta el momento presente, y el impacto que el cáncer ha tenido en su arte, que de repente se vio nutrido por una más que interesante meditación acerca de la maternidad, la feminidad, la contingencia del propio cuerpo, y del arte visto en su doble vertiente efímera y perpetua.

De obligado visionado para los que pertenecemos al gremio crítico, y de indudable beneficio para el público en general, una gigantesca sala acogió con risas, aplausos y gozo evidente What She Said: The Art of Pauline Kael, de Rob Garver, semblanza de la mítica dama de la crítica norteamericana, defensora del anticahierismo más puro, de la escritura de víscera y visionado único, y que, sin embargo, supo llegar como nadie a los lectores y a los cinéfilos de todo Estados Unidos. Como no podía ser de otro modo, abundan más las imágenes de las películas sobre las que escribió (regadas, eso sí, por las palabras de sus textos) que las de la propia Kael, de la que se afirma en algún momento que ella hizo a Spielberg y a Scorsese. Lejos de parecer una exageración, la frase demuestra que eran otros tiempos, en los que uno podía tener la suerte inmensa de que le pagaran por pensar sobre cine, diciendo lo que le venía en gana -como afirma la propia Kael. Una delicia de documental, inspirado e inspirador.

De las películas en competición (Wettbewerb) me veo obligado a hacer una reseña más breve de lo que hubiera pretendido: fue literalmente imposible, a primera hora del viernes, conseguir una sola entrada para ninguno de los cuatro pases que tuvieron lugar hasta el domingo de Light of my Life, segundo largometraje de Casey Affleck delante y detrás de la cámara. Queda por tanto, en incógnito a qué se debe la evidente expectación que ha despertado la cinta. Más sencillo fue presenciar el estreno de Öndög, de Wang Quan’an, al que asistió, en riguroso traje típico mongolo, el equipo de la película. Una cinta arriesgada y original, tanto en su narrativa como en su puesta en escena, en la que destaca un uso poco convencional, pero acertadísimo, de la imagen abstracta y de los cambios en la profundidad de campo. Cien minutos de imágenes de una iconicidad superlativa y a veces impactante (asistimos, de modo documental, al nacimiento de un ternero, y al sacrificio de un cordero) y que, sin embargo, conserva de continuo una elegante contención, un agradecido minimalismo. Una cinta que nos manda tarea a los que no habíamos aún buceado en la filmografía de un autor poco celebrado, pero con mucho que contar.

Bastante menos conmovedora, a pesar de la temática, resulta la esperada Grâce à Dieu, de François Ozon, acerca de los abusos sexuales y de poder en el seno de la Iglesia Católica en general, y en la diócesis de Lyon en particular. La obra tiene el interés de lo inmediato, ya que el cardenal Barbarin, antiguo arzobispo de Lyon, está siendo procesado en el momento de escribir estas líneas por encubrimiento de crímenes de pederastia, y la cinta se hace eco de ello. Más allá de su actualidad contextual, el film aporta relativamente poco a la reivindicación de Spotlight (Thomas McCarty, 2015), cinta a la que homenajea sin ningún rebozo, y con bastante poca elegancia, en uno de los momentos más intensos del metraje. Y queda a años luz de la profundidad trágica de El Club (Pablo Larraín, 2015) aún a pesar de que esta vez se nos cuenta la historia directamente desde la perspectiva de las víctimas. Un Ozon algo flojo para describir un tema que parecer venirle grande, pero al que sí se le puede reconocer una virtud: el haber evitado caer en el maniqueísmo de dedo acusador, sin dejar por ello de ejercer una denuncia necesaria.

Volver a Berlín, ver obras como Öndög, o recuperar alguna de las viejas glorias mencionadas -ojo, que los programadores han tenido la audacia de hacerle un hueco a las siete horas de Satántángo (Béla Tarr, 1994), estrenada en la Berlinale hace 25 años- constituye siempre un soplo de esperanza para quienes amamos el séptimo arte. El cine sigue vivo, goza de buena salud, evoluciona aún como lenguaje. Queda mucho por contar. Mucho por arriesgar. Mucha vida en la huella de la vida.

Rubén de la Prida Caballero

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