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El hilo invisible (The Phantom Thread, 2017)

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Poster de El hilo invisibleNota: 9,5

Dirección: Paul Thomas Anderson

Guión: Paul Thomas Anderson

Reparto: Daniel Day-Lewis, Vicky Krieps, Lesley Manville, Richard Graham, Bern Collaco

Fotografía: Paul Thomas Anderson

Duración: 130 Min.

Reynolds ha hecho realidad mis sueños, y a cambio yo le he dado lo que él más desea. Todo mi ser”. Esta frase de Alma (espléndida Vicky Krieps) con la que comienza El hilo invisible, sintetiza la esencia de la relación que estamos a punto de contemplar. La tentación de añadirle el calificativo de “amorosa” está al alcance de la mano, y sin embargo, el espíritu se resiste a escribir esta palabra. No solo por la dudosa naturaleza de ese hilo sutil que une a Reynolds (un Daniel Day-Lewis más allá del bien y del mal) y a Alma, tejido sin duda de más y diferentes fibras que las puramente afectivas. Sino también porque corresponde a cada espectador sacar sus propias conclusiones. Parece que la intención de Paul Thomas Anderson es clara a este respecto, a juzgar, cuanto menos, por el discutido y discutible desenlace. Lo que es indudable es que somos testigos de un juego atípico, que bien podría dar nombre a uno de los capítulos del célebre (y terrorífico) libro Games People Play (1964) del psiquiatra Eric Berne.

El hilo Invisible

Compleja y polisémica, tanto como las relaciones humanas y sus transacciones asociadas, es la cinta que propone Anderson. Intrincada. Magnética. Empaquetada con galas de elegancia y belleza visual. Recuerda, en su barroquismo, profundidad y atracción a la mítica Vértigo (Vertigo, Alfred Hitchcock, 1958). Tanto que llegamos a preguntarnos (sobre todo en una bien concreta secuencia rayana en lo sobrenatural), si no nos encontramos aquí de nuevo con la historia de una necrofilia bien ataviada… y dotada de una edípica vuelta de tuerca. El preciosismo exuberante a que Anderson expone nuestra mirada durante dos horas no tiene, sorprendentemente, nada de manierista. Es más, hubiera sido imposible definir de modo preciso el rico y tortuoso mundo interior de Reynolds de haber usado una estética más austera; de haber prescindido de los recargados papeles pintados, o de los primeros planos de los encallecidos dedos del modisto.

Los sucesivos visionados de El hilo invisible contribuyen a ampliar su comprensión y (¡fascinante!) su misterio. Se sospecha que Anderson ha creado aquí algo que se le escapa de las manos, en estrecha comunión con Johny Greenwood, que entrega una partitura en estado de gracia. Se puede afirmar sin miedo a exagerar que el autor norteamericano ha llegado con este film a rozar lo trascendente, algo que, por genial que fuera su filmografía previa, se le había escapado hasta la fecha. Y es que, ¿no está entre las cualidades del amor divino -nos dijeron los teólogos- el que Dios permita el mal de su criatura por el bien de su alma? Invito al espectador a asomarse una vez más a la casa de Woodtsock desde esta perspectiva. Quizá entonces comparta -si no lo hace ya- la conmoción del que suscribe ante esta absoluta obra de arte.

Rubén de la Prida Caballero

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