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El incendio (2015): crimen y castigo

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El incendioNota: 8 

Dirección: Juan Schnitman

Guión: Agustina Liendo (Historia: Juan Schnitman)

Reparto: Pilar Gamboa, Juan Barberini, Luis Biasotto, Marcelo D’Andrea

Fotografía: Soledad Rodríguez

Duración: 95 Min.

Dice Winson Smith en uno de los luminosos párrafos de 1984 que “los mejores libros eran los que te contaban aquello que ya sabías”. Acaso no los mejores en cuanto a su calidad o resonancia, pero sin duda los más excelsos del canon propio, aquellos que pasan a formar parte de la propia existencia, quizá porque parece como si los hubiéramos vivido. Otro tanto pasa con las películas: acaban por acompañarnos siempre esas que nos hablan de lo que ya sabíamos, pero tal vez no podíamos o queríamos expresar. O recordar. El incendio (Juan Schnitman, Argetina, 2015) bien puede pertenecer a esta categoría.

Lucía (Pilar Gamboa) y Marcelo (Juan Barberini) son una pareja. Incluso feliz y bien avenida, a juzgar por los planos que abren el film. En la segunda secuencia del film, las cosas empiezan a ponerse algo más arduas, y somos testigos de una discusión. Salvando el violento final de la misma, por suerte no tan cotidiano, podríamos prever lo que van a decir, cómo van a actuar. Lo hemos visto tantas veces en la vida real, en nuestro entorno social. En el remoto y en el inmediato. Y desde los primeros compases de esta marcha fúnebre de una relación amorosa, esa misma experiencia vital nos lleva a intuir cómo será el desenlace.

Fotograma de El incendio

La historia es la de siempre: una mujer sola y un hombre superado por las circunstancias. Encerrar en el armario (con revólver o sin él) los cadáveres derivados de las aristas de la convivencia diaria y negarse a reconocer que existen, que están ahí. Aunque hiedan de un modo tan insoportable y agobiante como transmite la cámara de Schnitman, ya sea por medio de la continua cohabitación en el plano de dos seres que estarán juntos por cualquier cosa, salvo por amor, ya por el nerviosismo que inspiran las escenas rodadas con cámara al hombro, ya por el intencionado desorden del atrezo. La sensación es de mareo, de angustia, de desorientación. Como si Lucía y Marcelo, al modo de La rosa púrpura del Cairo, nos invitasen a atravesar la pantalla, a vivir su calvario. Nos gustaría gritarles, decirles que cometen un error, es más, que son cómplices, artífices y víctimas de uno de los más amargos crímenes: la mentira existencial. Pero no podremos. Como el médico de Lucía, como los amigos de ambos, asistiremos a este combate como meros espectadores, impotentes ante el avance de un drama con vocación de tragedia. Y surge, real, en la trastienda de nuestra consciencia, la inquietante pregunta de si nosotros no habríamos actuado exactamente de la misma manera.

El peso de la autenticidad de la ópera prima de Schnitman recae, fundamentalmente, sobre la actuación de una brillante Pilar Gamboa, que destila con sus lágrimas todo el dolor de la situación narrada. Muchas lágrimas que, sin embargo, no podrán darle el valor que quiere para hacer lo que debe (y que, como ella bien manifiesta, Marcelo nunca hará). Show must go on. El crimen se seguirá perpetrando de modo cotidiano, haciendo de cada nuevo día un nuevo castigo.

Rubén de la Prida

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