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El sabor de las cerezas (T’am e Guillas, 1997)

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ta_m_e_guilass-136862287-mmedNota: 10

Dirección: Abbas Kairostami

Guión: Abbas Kiarostami

Reparto: Homayoun Ershadi, Abdolrahman Bagueri, Safar Ali Moradi, Afshin Khorshid Bakhtiari

Fotografía: Homayon Payvar

Duración: 98 Min.

Como decía recientemente Javier Marías en uno de sus suculentos artículos, afirmar de una película que es “necesaria“ parece ridículo. Cuanto menos osado. O cursi. Sin embargo, posiblemente el propio literato (bien versado en las lides cinematográficas) convendría en que hay un reducido puñado de filmes cuyo visionado reclama por derecho propio la categoría de necesidad. Entiéndaseme bien: no porque figuren en los cánones de no sé qué revistas, ni para ganar al trivial en las tardes de lluvia, ni para poder discutir tomando unas cañas con unos amigos cinéfilos. Se trata de mucho más. Hay obras (también en otras artes que el cinematográfico) que nos impulsan a preguntarnos, tras su visionado, si somos los mismo después que antes de pasar por ellas. Que dejan impronta, que nos acompañarán con su recuerdo hasta el día en que nos vayamos del mundo. Y cuando son muchos los que así las sienten, a lo largo del tiempo, es porque, tal vez, se trate de hallazgos verdaderamente imprescindibles.

Puede que el lector tenga otra opinión, respetabilísima, pero El sabor de las cerezas se me antoja una de las pocas películas realmente necesarias que ha dado el séptimo arte. De esas que habría que poner a los propios hijos en el empeño por hacerles personas de bien. De esas en que el arte logra destilar de modo puro la esencia de lo humano. De esas que, como los buenos amigos, cambian de algún modo nuestra manera de ver el mundo.

Taste-Of-Cherry

Si el paciente lector ha llegado hasta aquí, querrá lógicamente una explicación de tal hipótesis. Se podría decir, por ejemplo, que la película, ganadora de la Palma de Oro en Cannes en 1997, es un milagro de la unión entre fondo y forma. Rara vez se expresó el encogimiento obsesivo de un alma de un modo mejor, encerrando al espectador en un coche que se pierde en los eternos zigzags de caminos de grava. O que es una de las cumbres del estilo transcendental en el cine, llegando a una estasis que deja al mismo Bresson casi en evidencia. O que es la joya de la corona del maestro Kiarostami, allá donde se condensa el núcleo creativo de su cine. Y todo eso sería cierto. Pero se quedaría corto para explicar la trascendencia de una obra que tiene al valor de adentrarse en el mayor de los misterios: el sufrimiento. Y que además lo hace de un modo inusitado. Porque hablar de sufrimiento, de dramas, de tragedias, se le ha dado al cine muy bien. De siempre. Que lo digan si no Almodóvar y Sirk, Fassbinder y Bergman. Pero hay que ser un gigante como persona y un genio como artista para tener la audacia de proponer una salida al enigma del dolor.

Kiarostami lo consigue, procediendo como si fuera un buen matemático: acotando el problema, hasta encontrar la solución. Se acerca primero desde el miedo, que impulsa a salir corriendo, metonimia de nuestro mundo acelerado e irreflexivo. Se aproxima después desde las respuestas huecas de una religión de manual, bien pensadas, bien sonantes. Inútiles, al fin. Por último, adopta la única perspectiva desde la que parece lícito acercarse al dolor del prójimo: la experiencia del propio sufrir, pasada por el tamiz del cariño. Desde allí, solo desde ese ángulo, parece posible y humano comenzar a mirar, con quien lo pasa mal, al horizonte por el que el sol saldrá de nuevo mañana, sonriéndonos a pesar de aquello que hoy tanto nos preocupa. Recordándonos que la vida es mucho más grande que toda la experiencia del mal propio y ajeno, mucho más hermosa. Y que esconde su belleza generosa en mil pequeños regalos, en el aroma de la lluvia, en el sabor de las cerezas. Y sí, en medio de un mundo que, a base de engullir de todo, y cada vez más rápido, se ha olvidado del verdadero gusto de las pequeñas cosas, la historia de Badii, el hombre que quiso matarse, se antoja necesaria. Y suficiente. Colirio puro para los ojos cansados del alma moderna.

Rubén de la Prida

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