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El último hurra (The Last Hurrah) (1958)

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POster de El último HurraNota: 7,5

Duración: John Ford

Guión: Frank S. Nugent

Reparto: Spencer Tracy, Jeffrey Hunter, Diane Foster, Basil Rathbone, Pat O’brien, Jane Darwell, Ricardo Cortez, John Carradine

Fotografía: Charles Lawton Jr.

Duración: 121 Min.

Sea de forma directa o indirecta, la visión política de John Ford palpita a lo largo de su corpus autoral, incardinada en su particular concepción del mundo, la sociedad y el ser humano. Se trata entonces de una perspectiva que guarda una firme coherencia con su talante humanista, comprometido con la gente de a pie –la argamasa del país, como se manifestaba en Las uvas de la iray fiel a los valores ideales de la nación estadounidense, con la añadidura puntual de un travieso toque de apasionamiento irlandés.

El último hurra representa una de las aproximaciones más frontales de Ford a la cuestión política. En ella, complementando las nociones expuestas en El joven Lincoln, arroja una nueva revisión de las virtudes que, podría decirse, para él debía encarnar el líder del pueblo americano. En su examen de la figura trascendental de Abraham Lincoln, este hombre virtuoso constituía la encarnación de la prudencia, la honestidad y la sensatez contra las apetencias de las vísceras y la irracionalidad de la masa –ejemplificado de manera tajante en la escena del linchamiento-. En la presente, el alcalde Frank Skeffington –con el porte de Spencer Tracy, actor concienciado, aunque el papel había sido ofrecido a Orson Welles y rechazado según unas versiones por torpeza de su agente y en otras por los improperios que le había dedicado un habitual de Ford, el reaccionario Ward Bond-, este hombre del pueblo, dirigente de una ciudad cualquiera del país y erigido en bastión contra la amenaza del elitismo insaciable y totalizador, suma la calidez y el sentido común que derrochaba Will Rogers en su trilogía fordiana El juez Priest, Doctor Bull, Barco a la deriva-, en la que sus personajes ejercían en cierto modo de referente de la comunidad, perfecto regidor sin cargo oficial.

De ellos hereda Skeffington su querencia por el chascarrillo y la campechanía, su anclaje intelectual en el saber tradicional y de las clases bajas supervivientes, y su inamovible apego hacia sus raíces –el reconocimiento de su pasado, en contraposición con otras ramas representativas de la sociedad americana, caso del cardenal o del nuevo potentado, que parecen renunciar a sus orígenes compartidos-. También, en el plano sentimental, la devoción por su fallecida esposa, con quien, como tantas otras criaturas del director, todavía mantiene vivos sus lazos sagrados a través de la muerte –además de las citadas El juez Priest y El joven Lincoln, también comparece el reflejo de aquellas sentidas charlas de ultratumba del capitán Brittles de La legión invencible-. Pero por otro lado, diferenciándose del ‘Honesto Abe’, Skeffington incorpora a su carisma la mala leche de los hijos de Eire, caracterizará sus usos de gobierno por procedimientos populistas –entendidos como la conexión directa entre ciudadano y político-, los cuales tienden en ocasiones al caciquismo –las peticiones de favores directas o las concesiones a dedo-, e incluso, si el fin justifica a los medios, evidenciará un notable grado de maquiavelismo, ciertamente cuestionable –el chantaje aprovechándose de una persona de escasa capacidad intelectual-.

Spencer Tracy en El último hurra

Es quizás el rastro de la evolución personal de Ford más temperamental y sombría cuanto más se adentra en los desencantos de la vejez. De ahí que no dude en justificar casi siempre las decisiones de su protagonista –ya sea revistiéndolas de inocencia, sea dotándolas de un propósito de rectitud moral, sea por comparación con la torpeza, mezquindad o villanía de sus oponentes electorales-; si bien alguna de ellas deja aún ciertas rendijas abiertas para el debate –entre las cuales, una muy estadounidense: la presupuesta y simbólica relación entre la capacidad del candidato como cabeza de familia y su capacidad política-. En el filme se abarca asimismo esa mirada sarcástica acerca de la singular manera de celebrar los comicios que tiene la nación de la Libertad y la cual, como resumirá luego la pluscuamperfecta El hombre que mató a Liberty Valance, combina una curiosa mezcla de parlamentos grandilocuentes que envuelven mentiras viles y que ponen en serios apuros a la voz de la mesura, junto ordalías basadas en la aclamación de la muchedumbre enfervorecida y una estridente veta de espectáculo circense en la que los símbolos nacionales ondean para delirio del respetable -ese show de la nada, en concusión, para el que se diría que ha nacido esta sociedad, capaz de montar un programa de televisión, con guion de intriga, a partir de una subasta de trasteros-.

No obstante, en El último hurra domina sobre cualquier discusión la melancólica sensación de pérdida, tan fordiana, que se desprende del retrato afectuoso de este político de la vieja escuela, aferrado a la sencillez de sus métodos y convencido de la gratitud y el discernimiento instintivo de la vecindad hacia quien solo mira por su bien, desinteresadamente. Para quien la política, entendida como esa olvidada función de servicio público, es literalmente su vida. La extinción de un anacronismo viviente que, en el argumento, contrasta con la inutilidad de una generación frívola y tecnologizada que, títere de los poderes fácticos, pugna por sucederle –el lamentable reportaje televisivo- y que, andando el metraje, culminará por supuesto en un lírico y rotundo desenlace, cuyo significado queda hermosamente condensado por la fuerza de los fotogramas. Un remate que, de este modo, deja a su paso un poso agridulce en este melodrama en el que confluyen notas de comedia costumbrista con el análisis político-social y que agrega a su nostalgia inherente la presencia de un puñado de rostros recuperados de la clásica troupe de Ford, como John Carradine o Jane Darwell –la icónica matriarca precisamente de la rabiosa Las uvas de la ira-, y de otros notorios intérpretes en el otoño de su carrera como Basil Rathbone o Ricardo Cortez.

Víctor Rivero

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  1. El último hurra | elcriticoabulico

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