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Inteligencia Artificial (A.I., 2001) (Estudio)

Nota: 8,5

Dirección: Steven Spielberg

Guión: Steven Spielberg, Ian Watson (Historia: Brian Aldiss)

Reparto: Haley Joel Osment, Jude Law, Frances O’Connor, Sam Robards, William Hurt

Fotografía: Janusz Kaminski

Música: John Williams

EN BREVES PALABRAS (para los impacientes)

En 2001, Spielberg hizo realidad un proyecto que Stanley Kubrick había querido llevar a la gran pantalla durante muchos años. Según palabras del director de «E.T.» , Kubrick quería producir la película con la intención de que él mismo la dirigiera. Después de muchas conversaciones telefónicas sin llegar a un acuerdo, la muerte del director de «Espartaco» decidió, de manera irreversible, quien sería el director de la película. Y la verdad es que el resultado, en muchos momentos, raya la perfección; estamos ante una magnífica película de ciencia ficción, que mezcla aventuras, drama y acción con mucha fluidez y propone una serie de interrogantes de un gran interés.

SI QUIEREN PROFUNDIZAR…

El interesante argumento de la película nos traslada a un futuro en que los robots con apariencia y comportamiento humano son una realidad. La gente los utiliza como acompañantes, sirvientes o meros instrumentos sexuales. Henry (Sam Robards) y Monica (Frances O’Connor) son un matrimonio cuyo único hijo está encapsulado en un hospital, a la espera de que la ciencia encuentre una solución a su extraña enfermedad. Henry trabaja para una compañía que fabrica todo tipo de robots y recientemente ha conseguido crear uno capaz de sentir como un ser humano. El prototipo tiene cuerpo de niño y debe ser probado en una familia de garantías. Eligen a Henry, un trabajador que cumple todos los requisitos exigidos. El día que Henry llega a casa con David (Haley Joel Osment), el niño robot, Monica queda impactada y no acepta un posible sustituto a su hijo enfermo, pero la sensación de volver a sentirse madre revierte la situación.

«Inteligencia Artificial» forma parte de un periodo al que me gusta llamar «Década Prodigiosa de Steven Spielberg«, en la que el director judío mantuvo un nivel de excelencia cinematográfica (exceptuando el tropezón que supuso «La Terminal») difícilmente comparable al de cualquier otro director vivo. El citado decenio fue inaugurado en 1998 por «Salvar al Soldado Ryan» y encontró su muerte repentina (aún así muy dolorosa) en 2008 cuando, bajo la pésima influencia de su «amigo» George Lucas, el bueno de Spielberg perpetró «Indiana Jones y la Calavera de Cristal», una decepción brutal, tanto por la ilusión que había generado un nuevo Indiana Jones como por devolvernos al Spielberg mas zafio y exhibicionista.

La película plantea reflexiones muy a tener en cuenta por el ser humano. Spielberg expresa una de ellas brillantemente a través de una secuencia inicial en la que el profesor Hobby (William Hurt), jefe del departamento de diseño de una de las empresas más importantes de fabricación de robots, expone los riesgos que correrían al intentar crear un Mecha (robot), capaz de tener sentimientos y de sufrir. El simple hecho de adquirir un robot de este tipo, implicaría una responsabilidad exactamente igual que la de tener un hijo. Pero los seres humanos morimos, y este ejemplar Mecha seguiría vivo eternamente, cargando con el dolor de haber perdido a todos sus seres queridos y sin nadie que le protegiera.

Los personajes de está película son tremendamente complejos; cada uno de ellos carga con un dilema de difícil solución. Monica ha dejado de sentirse madre hace tiempo y se consuela leyendo libros a Martin en el hospital, mientras éste yace inconsciente en una cápsula. Cuando Henry lleva a David a casa, ella se enfurece ante la posibilidad de que el Mecha de última generación llegue a suplantar a su verdadero hijo, pero según transcurren las horas, prevalece su instinto maternal. O ¿podríamos llamarle conveniencia?; el guión, brillantemente construido, plantea una situación límite cuando Monica se ve en la encrucijada de aceptar a David como su propio hijo, a partir del momento en que Martin se recupera y fuerza indirectamente dicha elección. Spielberg refleja con una crudeza descorazonadora hasta que punto puede llegar el egoísmo humano y acentúa siempre que puede la condición no humana de David a través de ciertos planos, como en el que  se ve la cara del niño a través de un cristal que reproduce su perfil varias veces por un efecto óptico.

Henry simboliza la desesperación que puede alcanzar un marido al ver que su mujer ha dejado de disfrutar de la vida por la enfermedad de su hijo, la cual sospecha incurable. Llega a tales extremos que, ante la posibilidad de sofocar el sufrimiento de Monica, decide aceptar la oferta de  su empresa. Henry en todo momento es consciente de la condición Mecha de David y nunca llega a aceptarlo plenamente. Probablemente la inclinación de David hacia la figura materna sea la reacción al comportamiento de su padre adoptivo, aunque hay algo más.

David percibe el rechazo que su padre adoptivo siente hacia él y, probablemente por ello, desde el primer momento en que adquiere la capacidad de sentir, vuelca todos sus esfuerzos en complacer a Monica. A partir de ese momento empieza a percibirse poderosamente la sombra de Pinocho, que se hace aún más fuerte cuando comienza el viaje de David en busca de El Hada Azul.

Es curiosa la forma en que Spielberg utiliza la figura de los niños en la película. Simbolizan el racismo de los humanos hacia los Mecha; en primera instancia, a través de Martin, que muestra la crueldad infantil hacia todo aquel que sea diferente, y posteriormente, a través de sus amigos que proceden de igual manera. A lo largo de la película el problema del racismo, disfrazado en parte por la temática futurista, aparenta ser una de las grandes preocupaciones del director de «E.T.» (película infantil en la que se trataba también el tema), ya sea en las secuencias en que se muestra la feria de la carne o en las correspondientes a las cacerías para sustentarla.

El personaje interpretado por Jude Law, Gigolo Joe, tiene una repercusión muy inferior al tiempo que aparece en pantalla; su participación podría haberse reducido a 5 minutos pero el director decide que éste acompañe a David, intrascendentemente, a lo largo de su búsqueda. Gigolo Joe simboliza la creciente incapacidad del ser humano de satisfacer las necesidades primarias de sus congéneres debido a una alarmante falta de comunicación y comprensión.

Por último, no podemos dejar de hablar del Profesor Hobby, quizás la figura más importante de la película, al cual utiliza Spielberg para realizar el ataque mas vehemente contra las tendencias del ser humano. Este personaje simboliza algo que, según el director, no nos podemos permitir hacer: jugar a ser Dios.

Uno de los puntos fuertes de “Inteligencia Artificial” es la dirección de un mágico Spielberg, que está en todo momento al servicio de la historia y huye de artificios inútiles. El ritmo empleado en el primer tercio de la película es preciso y suave, óptimo para realizar una soberbia presentación de personajes y, por otra parte, anticipar la principal cuestión que plantea la película a través del Profesor Hobby. La sensación es que Spielberg utiliza este personaje para lanzar una pregunta al aire, cuya respuesta, el espectador será capaz de responder después de ver las dos horas restantes de metraje. Desde el momento en que David inicia su aventura, el ritmo cambia y se torna trepidante, lo cual no implica que no se nos facilite de vez en cuando un cierto respiro; son momentos en que el director aprovecha para ir incrementando la carga emocional del conjunto, en pos de un tramo final impactante y decepcionante a partes iguales.

Lo único que le sobra a este magnífico film para alcanzar el estatus de obra maestra son sus últimos veinte minutos, en los que Spielberg no solo cae innecesariamente en sus vicios de antaño, aplicando una sensiblería barata, sino que prolonga una historia que, de haber finalizado justo antes de los mismos, hubiera tenido un efecto mucho más demoledor en el espectador.

Siguiendo con los aspectos técnicos de “Inteligencia Artificial”, es inevitable hablar de su director de fotografía (uno de los mejores de la actualidad), Janusz Kaminski, que confecciona un portentoso look para la película, muy acorde al mundo en el que ésta transcurre. La manera en que juega con la iluminación y los desenfoques propicia una serie de planos inolvidables. No obstante, el resultado no hubiese sido igual sin el trabajo del departamento de Diseño de Producción, que crea un futuro apocalíptico,  lo suficientemente identificable como para que lo consideremos posible y, por ello, aterrador.

Estamos ante una película que en su momento pasó absolutamente desapercibida; cosas del marketing, o quizás debido a que al ser humano no le gusta que le digan de una manera tan directa que está en decadencia y que, si no hace algo al respecto, puede llegar a un punto en que cualquier propósito de enmienda sea inútil. Por otro lado, Spielberg consigue llegar a nuestro corazón con gran sensibilidad a través de un personaje que busca convertirse a toda costa en un ser digno de ser amado por su «madre».

Carlos Fernández Castro

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1 Comentario

  1. Absolutamente de acuerdo con el comentario de la «década prodigiosa» de Spielberg, muy pocos directores están a su altura. En cuanto a I.A, el final es insoportablemente largo echando por tierra el magnífico trabajo que hasta esa fatídica ultima media hora es la película. Para mi gusto sólo por eso no merece una nota tan alta.