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L’Atalante (1934): la inesperada virtud de la inocencia

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Poster de L'AtalanteNota: 9,5

Dirección: Jean Vigo

Guión: Abert Riera, Jean Vigo (Argumento: Jean Guinèe)

Reparto: Jean Daste, Dita Parlo, Michel Simon, Gilles Margaritis, Louis Lefebvre, Maurice Gilles

Fotografía: Boris Kauffman, Louis Berger

Duración: 82 Min.

Hay pérdidas irreparables. Hay talentos jóvenes que se van muy pronto, sin haber podido darle al mundo todo lo que tenían. Jean Vigo, el niño prodigio parisino autor de L’Atalante, fallecido con tan solo 29 años de edad, es sin duda uno de ellos. Autor de tan solo dos largometrajes, Cero en conducta (Zéro de Conduite, Francia, 1933) y la obra que nos ocupa, ha dejado, sin embargo, una huella indeleble en la historia del cine.

Habría que ver L’Atalante en los días grises o en las tardes de lluvia. La sola idea de que una bellísima mujer (la jefa: deliciosa Dita Parlo) pase la luna de miel en el barco de su marido (el patrón: Jean Dasté), junto a otros dos singulares sujetos (el tío Jules, adorable Michel Simon y el chico, Gilles Margaritis) y un montón de gatos maleducados, nos hace ya esbozar una sonrisa. Una sonrisa que se mantiene a lo largo de casi todo el metraje, una sonrisa liviana, sin carcajadas chaplinescas, pero que nos hace sentir bien.

L'Atalante

L’Atalante, con su puesta en escena cuidada, originalísima y caótica, apuntalada en las elipsis del relato, nos transmite una sensación extraña pero altamente satisfactoria: lo que otros (casi todos) hubieran convertido en un drama muy serio o (algunos) en una parodia disparatada, adquiere en manos de Vigo una dimensión entrañable. En sus enfados y desenfados, en sus idas y venidas (y sus huidas), prevalece, como una constante, el cariño entre los cuatro personajes. Y con ese filtro, la vida se ve de otra manera, y situaciones que podrían haberles llevado al borde del ataque de nervios se quedan, a lo sumo, en anécdotas sin mayor relevancia, que se olvidan pronto, porque la vida es demasiado corta para odiar.

Y, además de lo ya comentado, ¿qué? Más, muchísimo más. Se podría hablar del retrato preciso de los personajes, en toda su profundidad, con apenas cuatro pinceladas. O de la banda sonora, que contribuye en buen modo al talante ligero y afable de la cinta. O del montaje. O de los audaces encuadres, precisos al milímetro… Pero es de suponer que se quedaría todo corto. L’Atalante es una película con alma, desbordante de autenticidad. Tiene un punto de misterio, un algo inexplicable, que todo el análisis del mundo no podría sacar a la luz. Es cine, en esencia y concentrado. Cine con mayúsculas.

Rubén de la Prida 

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