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María Magdalena (Mary Magdalene, 2017)

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Maria-MagdalenaNota: 4

Dirección: Garth Davis

Guión: Helen Edmundson, Philippa Goslett

Reparto: Rooney Mara, Joaquin Phoenix, Chiwetel Ejifor, Tahar Rahim, Denis Menochet, Shira Haas

Fotografía: Greig Fraser

Duración: 120 Min.

Permítame el lector un apunte autobiográfico. Resulta que mi madre se llama Magdalena. Con curiosidad infantil, le preguntaba a mi progenitora qué milagros había obrado su santa homónima. Ella me explicaba que María Magdalena había sido muy requetemala, una pilingui, una ramera. No me decía aquello de que Jesús había echado de ella siete demonios, como afirma Lucas (Lc 8, 1-2). Pero sí que había sido una mujer que había llevado una mala vida. Como Mateo, el burócrata corrupto. O como Dimas, el ladrón. O como aquella otra a la que habían querido apedrear por acostarse con uno que no era su marido. O como Zaqueo, el avaro. Toda una retahíla de personajes que tenían algo en común: su existencia había cambiado al encontrarse con aquel hombre que hacía milagros. La mirada del carpintero de Galilea, que decía ser el Hijo de Dios, había sido capaz de descubrir lo bueno que había en todos ellos, lo profundamente humano que habitaba en sus corazones. Tanto, que se transformaba en ellos el modo de mirar sus vidas, su historia, las de los demás. Y la que había sido puta descubría tanto amor dentro de sí que se convertía en santa. Es lo que se llama redención, me decían.

Con estos antecedentes me acerco a ver la película de Garth Davis, segundo largometraje de una filmografía que empieza a tomar derroteros de quiero y no puedo, de esto casi es una buena película. Pero solo casi. Me aproximo a su obra y me siento defraudado, timado. Resulta que ha convertido una bella historia de redención en un relato en torno a las luchas de poder. Resulta que no se basa en la Magdalena de los Evangelios que me predicaron, sino en la de las variantes gnósticas conocidas como evangelio de Juan o evangelio de Felipe. Resulta que no había nada que salvar en Magdalena, nada que redimir, porque ella ya era buena de por sí. Y que Jesús le había dado el poder de la Iglesia, pero Pedro, el machista patriarcal, se lo había quitado. Resulta que el Papa Gregorio había manchado el nombre de Magdalena con un escrito del año 591. Y que los doce apóstoles no eran doce, sino ocho. Y que Pedro era negro, para que la elección del Maestro fuera políticamente correcta. Y que Judas se echaba por las mañanas gomina de efecto despeinado.

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Entendámonos. Se puede perdonar todo, todo es lícito. O sea que no molesta que un relato evangélico use fuentes extraevangélicas, como hace Gibson en La Pasión de Cristo (The Passion of the Christ, EE. UU. 2004). Se puede digerir que el discurso sea novelado y contrario a la versión “oficial”, si se hace con arte y suficiente implicación personal, como es el caso de Martin Scorsese en La última tentación de Cristo (The Last Temptation of Christ, EE. UU., 1988). Tampoco hace falta estar lidiando de continuo con la fe para entregar una película que indague de modo acertado en la figura y el legado de Jesús de Nazaret: ahí está como muestra la prodigiosa El Evangelio según san Mateo (Il Vangelo secondo Matteo, Italia, 1964) del ateo Pasolini. Incluso es posible fabricar una rareza como La vida de Brian (Life of Brian, Terry Jones, Reino Unido, 1979), película divertidísima y cutre, que nunca entendí qué tenía de irreverente. Cuatro modos bien distintos de rondar el misterio del Nazareno. Cuatro filmes memorables. A diferencia del de Davis. El australiano entrega una obra que, más allá de su militancia feminista – a veces más próxima al panfleto que a la verdadera reivindicación – resulta insulsa como película: deslavazada, descafeinada, desganada. Un largometraje carente de ritmo, en el que la narración no consigue estar al servicio del discurso, más allá de que se esté de acuerdo o no con el mismo. Y eso ya es difícil de perdonar, pero lo es más aún el gran fiasco de la película: Joaquin Phoenix. No es que la interpretación de Phoenix no sea creíble, sino que se sospecha que no hay interpretación alguna. El puertorriqueño no se mete ni un segundo (salvando, quizá, la expulsión de los mercaderes del templo) en el papel de Cristo. No se lo cree. O se lo tiene demasiado creído, que no es lo mismo, pero es igual.

Si hay algo que salvar de la cinta, sería la mencionada escena de la cólera divina en el templo de Jerusalén. Y el momento, bellísimo y breve, de la pietá. O las referencias, tan evangélicas (ellas sí) al amor al prójimo, incluso al enemigo. Poco más. Y eso que había materia prima para mucho, para una obra de envergadura. Pero no le sale a Davis, no puede. Casi pero no. ¡Qué pena!

Rubén de la Prida Caballero

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