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Moby Dick (1956)

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La valoracion de nuestros lectores:
Rating: 6.0/10 (1 vote cast)

Poster Moby DickNota: 9,5

Dirección: John Huston

Guión: Ray Bradbury, John Huston (Novela: Herman Melville)

Reparto: Gregory Peck, Richard Basehart, Leo Genn, James Robertson Justice, Harry Andrews

Fotografía: Oswald Morris

Duración: 116 Min.

Matar un elefante, el ser más majestuoso de la creación, es peor que un delito; es un pecado, el único que se puede cometer pagando una licencia, decía John Wilson, el alter ego de John Huston en Cazador blanco, corazón negro. Resultado de un rodaje tan colosal, desbocado y problemático como el texto adaptado, Huston, cazador, aventurero y contador de historias, se cobraría por fin en 1956 una pieza codiciada durante años: Moby Dick, uno de los más grandiosos relatos de la literatura estadounidense, si no el mayor, y que por aquel entonces ya contaba con tres traslaciones al cine -dos de ellas protagonizadas por John Barrimore, remake sonoro una de la otra, y una tercera versión alemana dirigida por Michael Curtiz y en la que Ahab quedaría encarnado por el cineasta William Dieterle-. Desde su particular sensibilidad, y con la compañía de Ray Bradbury en la redacción del guion -una experiencia que el literato consideraría frustrante debido al carácter invasivo del realizador, hasta el punto que generaría un conflicto por la acreditación del libreto y de que Roald Dahl y John Goldley habrían de revisar el escrito-, Huston se sumerge en las lecturas simbólicas y trascendentales de la novela monumental de Herman Melville para reducirla y concentrarla en un atronador largometraje acerca del enfrentamiento entre el individuo y los poderes superiores a él -Dios, la naturaleza, la consciencia de la muerte inexorable-. Acerca de la moral, el pecado, la obsesión, la venganza irracional. Mitología universal, en conclusión.

Cuando Ishmael, dueño del punto de vista inocente y ajeno de la narración -con los ojos nobles de Richard Basehart, el candoroso bufón de La estrada-, se presenta al espectador en la apertura del metraje, camina por amenos bosques, entre bucólicas cascadas y hermosos parajes que son digna obra del Creador. Sigue el curso de las aguas fluviales, como una llamada divina que le conduce hasta el pueblo ballenero de New Bedford. Allí es donde se topa por primera vez con el Enemigo. Entre truenos y centellas, desvelado de entre las sombras, descubre el retrato diabólico de la bestia, de fauces amenazadoras, que escupe sangre y trae la destrucción a una barca de marineros impotentes ante su monstruosidad. Moby Dick arroja constantes visiones alegóricas que prefiguran el enfrentamiento, el conflicto, que se mantiene latente en sus fotogramas, amenazador y terrible. El capítulo de New Bedford supone una magnífica plasmación del tono del filme. La presentación del padre Mapple, con la providencial interpretación de Orson Welles encaramado a una proa-púlpito desde donde clama su mensaje admonitorio y premonitorio, es colosal. El trávelin que recorre la huella de muerte de la ballena, envuelta por los cantos religiosos de la grey, sumerge los fotogramas en esta atmósfera iluminada y alucinada. La caza de la ballena es un asunto religioso, donde confluyen y colisionan el puritanismo de las familias cuáqueras que dominan tradicionalmente el negocio contra el influjo pagano y demencial que ofrecerá el capitán Ahab, mutilado, hendido por el rayo, maldito desde su mismo nacimiento por su nombre, heredero de un rey idólatra e inicuo. También en New Bedford cuenta Ahab con su profeta Elías, que vaticina a los marineros enrolados el infortunio de su empresa.

MOBY DICK (1956)

Los ritos continúan, pues, a bordo del Pequod. Entre fotogramas tensos y vibrantes, Ahab bautiza con ron a su tripulación, funde con su energía interior las armas de sus oficiales e induce el trance entre sus tres arponeros, quienes, debido a su sangre infiel -un caníbal, un indio y un africano-, perciben instantáneamente su ascendencia sacrílega y salvaje. Los marineros contemplan la escena con expresión extática, poseídos por el hechizo herético del capitán. Es fundamental la labor que Huston realiza con los rostros en los planos de multitudes, como se podía percibir ya en la tétrica cohorte de viudas de facciones cortadas por el viento y curtidas por el dolor que, en sepulcral silencio y luto riguroso, despedía al barco a su partida. Sobre la cubierta del Pequod, este recurso es necesario para convertir al espectador en partícipe de la rabia incontenible de un hombre en rebelión frente a quien considera su opresor, para embarcarlo en esta misión mística y blasfema al corazón de las tinieblas.

Ahab, caracterizado con sombrero de copa alta y barba holandesa, como si se tratase de un trasunto de Abraham Lincoln, queda en manos de Gregory Peck, quien, agregando una paradoja más, era un hombre asociado por lo general a papeles heroicos y benéficos, sublimados tiempo después en su Atticus Finch de Matar un ruiseñor. Impuesto por la productora en aras de compensar tan oscuro argumento con un nombre estelar -Huston anhelaba haber visto en el papel a su propio padre, Walter, fallecido en 1950-, Peck, actor limitado, realiza una interpretación excesiva hasta lo caricaturesco, cuestión que sería evidenciada por la crítica de la época y que contaría con el repudio del propio aludido, quien vertería culpas tanto hacia sí mismo como hacia la dirección de Huston, la cual calificaba de confusa y errática -de hecho, este desprecio hacia los resultados de su trabajo sería la razón por la que Peck denegaría la cesión de derechos del presente filme a un joven cineasta, Steven Spielberg, que quería emplear varias escenas en su nuevo proyecto, Tiburón, una de las numerosas apropiaciones parciales de Moby Dick que pueden rastrearse en el séptimo arte-. No obstante, la exageración de Peck no es necesariamente un defecto, sino que marida adecuadamente con la exaltada intensidad del filme, aunque sea de forma involuntaria por su parte. De nuevo, los rostros. Su aparición en escena no se realiza a través de su figura, sino por medio de la expresión de los marineros. De su miedo, de su pleitesía, de su sometimiento. La idea se prolonga cuando, por fin, el espectador, intermediado por la mirada de Ishmael, lo descubre dominando la nave y a sus subordinados desde la cima del castillo de popa. La masa que capitula ante los designios del líder carismático, sea cual sea el cariz moral que tengan estos.

“Que todos la veamos no la convierte en real”. A lo largo de su travesía por los siete mares, Moby Dick abraza el misterio, escrito en fotogramas de colores pastel, semejantes a los de una pintura. Irreales, con la  épica de la historia antigua. El encantamiento que impone Ahab enraíza y se hibrida con las supersticiones marineras, conformando una densa y penetrante atmósfera que impregna los avances de esta enajenación impía, cada vez más abstracta y perturbadora, y en la que sus participantes, desde los más barbáricos hasta los más beatos -el primer oficial Strabuck, hombre práctico y misericordioso horrorizado por la blasfemia de su superior-, pasando igualmente por los más descreídos -el segundo oficial Stubb, que combate desde la risa todo lo extraño que hay en el universo-, se despojan de sus atributos humanos al igual que les ocurría a los buscadores de oro de El tesoro de Sierra Madre, otra incursión desesperada en el pecado y la perdición. El realismo todavía subsiste en las secuencias de cacería, rodadas junto a balleneros de Madeira con una autenticidad y un nervio equiparable a los insertos documentales que Howard Hawks engarzaba en paralelo al melodrama romántico de Pasto de tiburones. Pero también estas escenas crudas poseen un aura que va más allá de lo terrenal, puesto que una profunda amargura embarga la masacre, la borrachera de sangre de los cetáceos que, gracias a la iluminada intervención de Ahab, se produce en el último paso antes de dar con la ballena blanca. A partir de ahí, del mar solo provendrá el hedor de la perdición. Frente la adrenalina y la excitación se impone el silencio, tan solo roto por los chillidos de las gaviotas que coronan esta isla viviente e inmortal. La banda sonora, con el aliento cortado por la tensión de la espera, ya no toca a la aventura. Y, después, el frenesí definitivo de montaje de ritmo avasallador y primerísimos planos invadidos por el agua; el sudor, el pasmo, la desesperación. El duelo paroxístico entre entes sobrenaturales que se resuelve también a través del encuentro directo de sus miradas, enzarzadas en un combate inefable y eterno.Hacia ti bogo, ballena omnidestructora, pero invencible; al fin lucho contigo; desde el corazón del infierno te hiero; por odio te escupo mi último aliento”. La imagen está a la altura de una declaración de odio tan radical y atronadora. La obstinada sublevación contra lo imposible. La locura y la sinrazón. Hay quien advierte que el punto de choque, fijado en el mapa de Ahab en el atolón Bikini y que no figuraba en la novela de Melville, no es azaroso: es el escenario donde los Estados Unidos probaban sus bombas de hidrógeno y atómicas desde 1948.

Víctor Rivero

Moby Dick (1956), 6.0 out of 10 based on 1 rating
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