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Punto Límite (Fail-Safe) (1964)

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punto límiteNota: 7,5

Dirección: Sidney Lumet

Guión: Walter Bernstein (Novela: Eugene Burdick, Harvey Wheeler)

Reparto: Dan O’Herlihy, Henry Fonda, Walter Matthau, Fritz Weaver, Larry Hagman, Frank Overton

Fotografía: Gerard Hirschfeld

Duración: 111 Min.

Rara vez se habrá tenido como con esta Guerra Fría la sensación de que el futuro es oscuro y la supervivencia no está asegurada”, comentaba el periodista Edward R. Morrow, inmortalizado para el cine por George Clooney en Buenas noches y buena suerte. Desde que la Unión Soviética hiciera sus primeros ensayos con la bomba atómica en 1949, la escalada armamentística de la Guerra Fría condujo a que los teóricos políticos y militares documentasen la certeza de que, en el caso nada improbable de un enfrentamiento nuclear entre Rusia y Estados Unidos, la raza humana -y el planeta en su totalidad-, conocería su fin. La hipótesis acuñó incluso su propio epígrafe: la Destrucción Mutua Asegurada. MAD en siglas anglosajonas. La última locura, el Juicio Final por la garra del mismo hombre.  Y nunca el mundo sentiría tan de cerca las llamas del infierno como entre el 15 y el 28 de octubre de 1962, el interminable plazo en el que la civilización afrontó uno de los episodios más aterradores de su Historia: la Crisis de los misiles, motivada por el descubrimiento por parte de los Estados Unidos de cabezas nucleares soviéticas instaladas y armadas en la isla de Cuba. Trece días en los que la humanidad, enajenada hasta el delirio psicópata, cabalgó a lomos del caballo del Apocalipsis, clamando al viento por su completa y definitiva aniquilación.

Lugar de instalación de los misiles durante la crisis de los misiles de

Lugar de instalación de los misiles durante la crisis de los misiles de Cuba

Si el mundo es horrible, el arte será igual de horrible, que dijo aquel. El cine, un cronista oficioso –y en ocasiones oportunista- de las inquietudes y las evoluciones de la sociedad de la que nace, se aprestaría raudo a capturar desde multitud de ángulos y registros el desastre absoluto que, afortunadamente, no fue. Así lo demuestra las películas británicas Estado de alarma, la ya tardía comedia La sala de estar con cama o el falso documental El juego de la guerra, heladora y minuciosa transcripción del horror que no cesa tras el holocausto nuclear, firmada por el francotirador Peter Watkins y sustentada precisamente a partir de barbaries ya acreditadas, como las de Dresde, Hamburgo, Darmstadt, Hiroshima y Nagasaki; vergonzosas ignominias de un conflicto, la Segunda Guerra Mundial, que parecía haber agotado de una vez por todas la fe en la capacidad racional del hombre. Estados Unidos, uno de los contendientes en este duelo de ruleta rusa global, propondría su visión particular a través de cintas como Ladybug LadybugSiete días de mayo, basada en la novela del mismo nombre y calificada entonces como un escenario “perfectamente factible” por el propio John Fitzgerald Kennedy. Stanley Kubrick, independiente radical e intelectual desencantado, preferiría reírse por no llorar echando sal sobre las yagas aún supurantes por medio de una sátira despiadada, ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú.

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Sin embargo, entre todas ellas, quizás sea Punto límite la obra que con mayor exactitud condensa el gélido terror y la consciencia de la quasi-inevitabilidad del holocausto universal que pendía frágil, a modo de espada de Damocles, sobre la endurecida testuz del hombre. En casi dos horas de incesante tensión y sudores fríos, Punto límite transmuta en celuloide los tenebrosos presagios de la Destrucción Mutua Asegurada. Sidney Lumet, uno de los más celebres representantes de la generación del compromiso surgida de las oscuridades de los platós televisivos -discreto refugio frente a los vergonzantes coletazos del mccarthismo que había secuestrado la creación artística de los años cincuenta-, no podía dejar pasar la oportunidad de elevar la voz al respecto.

La trama, envuelta en un soturno blanco y negro, se mantiene tensa como la cuerda de una guitarra aun después de medio siglo y del desmoronamiento de aquella bipolaridad amenazadora, que en el contexto internacional contemporáneo ha pasado a atomizarse en multitud de facciones de nuevo incompatibles e irreconciliables en apariencia, pero en el que todavía perviven conceptos como el de ‘ataque preventivo’. En el filme, la atmósfera se cierne densa, vibrante y pesada sobre los personajes, empequeñecidos en un escenario mecanizado y deshumanizado hasta bordear la distopía fantacientífica: frío en su espartana desnudez o sofocante en su abigarramiento expresionista, desconcertante en su silencio o aturdidor en su incesante zumbido de fondo –generalmente, esta dicotomía escénica se establece entre el remoto cubículo donde el Presidente trata de dirimir la catástrofe y la base militar desde donde se observa con impotencia y nerviosismo el desarrollo de los acontecimientos-. Solo en una y significativa ocasión se conseguirá percibir en pantalla el mundo exterior. El crescendo que dibuja la trama es impecable. Se palpa la desesperación y el miedo en carne propia, impresos a fuego por la credibilidad que aporta ese sistema desquiciado y aberrante que recuerda a aquello que sostenía el dibujante de cómics Alan Moore después de investigar los intersticios de la CIA para uno de sus proyectos: lo verdaderamente aterrador no es la sensación de que vivimos dominados por conspiraciones y paranoias urdidas por individuos en la sombra que controlan el mundo, sino la noción de que, en realidad, a los mandos del planeta no hay nada ni nadie. Todo va a la deriva, a la espera de estrellarse en medio del Caos.

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Ahora bien, ¿un argumento con semejante potencia ideológica necesitaba ser reforzado? ¿Es lícito subrayar algo como el Apocalipsis? La principal rémora de Punto límite son las intenciones discursivas de su guion, en el que Walter Bernstein, otrora enlistado por sus antecedentes comunistas, adapta la novela homónima de los profesores de ciencia política Eugene Burdick y Harvey Wheeler, editada un par de años atrás. La voluntad incontenida de exponer al público un mensaje comprometido de manera explícita, con receta y manual de lectura. Punto límite no es maniquea -de hecho se podría calificarla de antimaniquea, dado que los antagonistas políticos parecen estar contemplándose y dialogando a través de un espejo-. Sin embargo, los protagonistas no respiran vida, dibujados con un solo trazo o compuesto por torpes brochazos en forma de apuntes psicologistas que de tan obvios restan relieve, más que añadirle, a los personajes retratados, caso especial del analista político encarnado por Walter Matthau, despeñado en una ridícula caricatura. Aunque por otro lado, también cabe reivindicar la función de estos bruscos y estereotipados caracteres como ejemplo del amplio abanico de ‘fallos’ humanos que, en un momento dado, podrían desencadenar sin remedio la tempestad, tan delicada era esta calma tensa impuesta por la extrema igualdad de fuerzas devastadoras. Sea como fuere, ninguno de ellos alcanzará la arrolladora rotundidad conceptual de ‘Slim’ Pickens montando la bomba con sombrero vaquero, entre alaridos de cowboy.

No obstante, esta serie de lamentables defectos no logra empañar la minuciosa y pesimista parábola de fondo acerca del hombre que, como la bestia atormentada y agonizante en el ruedo, tan solo espera a que la mano cruel del Hado cierto le aplique por fin el descabello.

Víctor Manuel Rivero

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