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Terror en una ciudad de Texas (Terror in a Texas Town, 1958)

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terror_in_a_texas_town-637755766-mmedNota: 7,5

Dirección: Joseph H. Lewis

Guión: Dalton Trumbo, Ben Perry

Reparto: Sterling Hayden, Sebastian Cabot, Carol Kelly, Eugene Martin, Nedrick Young, Victor Millan

Fotografía: Ray Rannahan

Duración: 90 Min.

Terror en una ciudad de Texas posee una introducción ejemplar, donde se exponen las virtudes de la narración escueta, precisa e impactante que poseen los cineastas más dotados de la serie B, en este caso el industrioso Joseph H. Lewis, quien a pesar de su actividad infatigable no descuidaba la creatividad formal de sus películas, tal y como había demostrado en una singular aproximación al noir, El demonio de las armas, su obra más recordada. En Terror en una ciudad de Texas -que supondría el último de sus largometrajes para la gran pantalla- los fotogramas no surgen; irrumpen. Irrumpen al paso decidido y furibundo de un hombre que carga al hombro con un arpón. Le sigue una multitud expectante y, al final del camino, le aguarda un oponente enfundado en luctuoso negro que camina con pausa y aplomo hasta ubicarse en el lugar exacto del plano: aquel que encuadra su revólver izquierdo con el enemigo al fondo de la imagen, a quien reta a acercarse en un momento de respiración contenida, cargado de nerviosismo, dudas y conflicto.

Es una presentación arrolladora y febril incluso en el punto de intriga surrealista que procede del uso del arpón; que propone un enfrentamiento a muerte cuya promesa queda truncada, en el aire, por unos títulos de crédito que desencadenan una serie de estampas del dolor. Poco más adelante, empieza a formarse la idea en el espectador de que estos habían constituido un recorrido narrativo a la inversa que, en realidad, conducía al comienzo de la historia. Al génesis de un relato que defiende la necesidad de la comunidad de no dejarse atemorizar por los matones que emplean los poderosos -aquí un hombre en perpetuo e insaciable festín- para cimentar su imperio a partir del miedo del individuo común. Que clama por el imperativo de defenderse de manera organizada contra sus abusos.

En los años cincuenta, el western había dejado de ser el género épico del coraje nacional estadounidense para tornarse un territorio del miedo, sembrado de vacilaciones, traumas y temores. La epopeya de la conquista se quebraba así en el recelo hacia los valores prácticos del presunto país de la libertad, asolado por entonces por la paranoia filofascista del ‘red scare’ y la Guerra Fría que había encontrado en Hollywood un incomparable chivo expiatorio para ofrecer un escarmiento ejemplarizante, similar a los que propina aquí el resbaladizo villano de la función. En este western psicológico, los arquetipos heroicos se descomponían y desdibujaban ante el embate de las flaquezas y las fragilidades humanas, espoleadas por una sociedad dual -opresiva o acobardada- que abandonaba a su suerte al ciudadano corriente, huérfano de los mecanismos de protección que garantiza la fuerza de un colectivo comprometido con sus ideales y su moral.

Sterling Hayden

El molde alegórico que convertirá en icono Solo ante el peligro -donde el guionista Carl Foreman somatizaba su dolorosa experiencia particular ante la caza de brujas encabezada por el senador Joseph McCarthy- reaparece, con diversas variaciones, en numerosos filmes ambientados en el Salvaje Oeste a merced de la ley del más fuerte. Su ascendencia se percibe en el argumento de Terror en una ciudad de Texas, una muestra más tardía del subgénero -que no obstante todavía generará resonancias durante los años posteriores, como por ejemplo el gerontowestern Los malvados de Firecreek aun una década posterior-. En ella, un inmigrante sueco que interpreta con acento voluble Sterling Hayden -precisamente un actor de firmes convicciones sociales y democráticas-, busca esclarecer el asesinato frío de su padre, granjero asentado en un territorio tejano ajeno a la ley del Estado. Un crimen que se enmarca dentro de la ofensiva de un potentado por hacerse con el control de las tierras de esta pequeña comunidad de colonos -se da además una curiosa y probablemente intencionada doble analogía entre la expropiación violenta de los viejos agricultores y la situación del mexicano José Miranda, cuya gente habita la región desde cientos de años atrás-.

Aunque firma con su alias Ben Perry, el guionista es Dalton Trumbo, represaliado por la lista negra del Comité de Actividades Antiamericanas, ante el que se negó a declarar, y que aún no había conseguido su restitución artística, la cual tardaría un par de años en llegar con su acreditación en el libreto de Éxodo y, en especial, con la defensa pública de su figura por parte de Kirk Douglas, quien lo había enrolado en la adaptación al cine de Espartaco, el libertador de esclavos alzado contra la omnipotente Roma.

Trumbo ya había redactado el guion de El demonio de las armas -si bien se atribuirá a Millard Kaufman, por su parte redactor de otra rotunda historia de semejantes premisas argumentales y discursivas, Conspiración de silencio-.  Y con él colaborará, también sin registro oficial, Nedrick Young, otra víctima del delirio anticomunista -ganará el Óscar al mejor guion original de esa edición por Fugitivos bajo el seudónimo de Nathan E. Douglas- y amigo de Lewis, que lo había tenido a sus órdenes de nuevo en El demonio de las armas, entre otras. En paralelo, Young encarna al malvado, a quien proporciona líneas afiladas y viperinas, ricas en venenosos dobles sentidos. En su actuación, lo dota de un aura extraña, entre mítica -su atuendo de negro muerte, subrayado por los diálogos; sus movimientos sinuosos, la seca crueldad de su comportamiento sibilino- y vulnerable -el cansancio de su voz y su mirada; su oculta condición de tullido, la crepuscularidad que le reprocha su amante, otro ser marginal conocedor de su propia derrota; su espera quizás de la fortuna definitiva, quizás de una muerte veladamente anhelada-. El pistolero Johnny Crale es misterioso e hipnótico, pues no se desplaza, sino se desliza; no habla, sino que susurra; no mata, sino que aniquila. En su perturbador contraste, se asemeja a una versión rústica y desgraciada de ese Henry Fonda retorcido hasta deformarlo en una criatura turbia que empezaba a asomar por aquellos tiempos en filmes como El hombre de las pistolas de oro.

Duelo

Enfrente, Hansen resulta un hombre de franqueza tan rudimentaria y directa como su arma marinera, pero que esconde una peligrosa chispa de sagacidad detrás su ingenuidad extranjera y pueblerina, desembarcada en un Oeste que, a su llegada, él contempla desde una mirada foránea, como si recorriera el decorado de una película con sus diligencias y sus tipis. Estas estimulantes salidas del cliché, redondeadas por la potencia visual con la que las expresa el director, permiten a la cinta volar por encima de su base de tópicos, de los obstáculos materiales un rodaje que debía completarse en apenas diez días y, por consiguiente, de algunas escenas que, en la tosquedad del diseño de producción y su estatismo, parecen más propias del ámbito televisivo donde Lewis concluirá su copiosa carrera.

Así las cosas, Terror en una ciudad de Texas habla, a veces con vehemente insistencia, del primer hombre que no sintió miedo ante el cadalso del tirano, germen de una rebelión liberadora y regeneradora. Si Hansen puede emparentarse con el sheriff Will Kane que recorría desesperado los rostros de sus vecinos en busca de apoyo contra el forajido, igualmente puede emparentarse con el tracio Espartaco, a los que suma su sesgo vengativo particular; una característica elemental pero difuminada en cualquier caso dentro del discurso político y de la abstracción del conjunto. Desde aquella insólita apertura, Trumbo configura el relato como un círculo que, en verdad, parece ofrecer a los personajes una segunda oportunidad. La de redimir su atemorizada cerrazón individualista para tomar consciencia de la fuerza de su unión.

Víctor Rivero

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2 Comentarios

  1. Adquirí en su día el DVD de este pequeño western (por eso puedo comentarlo) que parte de un guión construido con materiales de derribo pero a los que un incógnito Dalton Trumbo añadió elementos de interés como la compleja descripción del pistolero a sueldo (¡con una mano ortopédica!) interpretado por Ned Young, o la presentación de una familia mexicana como únicos personajes positivos que anteponen la lealtad a sus intereses, o la subversiva idea de que los amedrentados ciudadanos de Prairie City encuentren finalmente el “valor” para enfrentarse a la opresión cuando se enteran de que en sus tierras hay petroleo. La incisiva puesta en escena de Joseph H. Lewis supo visualizar con afilada eficacia estos y otros contenidos.

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