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Two Half-Times in Hell (Két félidö a pokolban) (1963)

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Two Half-Times in HellNota: 7,5

Dirección: Zoltán Fábri

Guión: Péter Bacsó, Zoltan Fábri

Reparto: Imre Sinkovits, Dezsö Garas, József Szendro, Istvan Velenczei, Gyula Benkö, Janos Görbe, Tibor Mólnar

Fotografía: Ferenc Szécsényi

Duración: 140 Min.

Fútbol y cine, cine y fútbol. Las dos grandes pasiones de la humanidad, siempre tan mal avenidas. Escasa gloria le ha correspondido al balompié en el séptimo arte. Su dependencia de una armonía colectiva, el dinamismo de los movimientos de cada pieza del equipo, dispersa en distintas parcelas de la cancha, la maraña de intangibles que influye en el juego y el rendimiento de los jugadores, la volubilidad esquiva de su hermosura, la dificultad para focalizar una épica personal dentro de esa liturgia multitudinaria del encuentro,… Son numerosos los factores que traban su plasmación creíble y emocionante en rígidos fotogramas, sobre todo en comparación con otras disciplinas atléticas como el boxeo, el deporte rey del cine, del que ama su visceralidad salvaje y su heroicidad indomable y solitaria. Hay algo del fútbol, una belleza inasible para el celuloide, que parece escapar a la dictadura del formato cinematográfico. Sin embargo, ¿cómo es esto posible cuando uno no puede sino conmoverse ante el control orientado de Zidane, el delicado pase de Laudrup mirando al tendido o la genialidad superlativa de Messi?

De momento, con el elegante francoargelino como maestro de ceremonias (Zidane a 21st Century Portrait), la cámara de cine solo ha conseguido capturar cierta esencia poética del fútbol para convertirla en pieza de museo, de innegable aunque exclusivo valor estético. En el resto de campos, las sombras se imponen por ahora a las luces, ya sea en su papel como teatro de los sueños (Pelota de trapo, Quiero ser como Beckham, El sueño de Jimmy Grimble, Carlitos y el campo de los sueños, El sueño de Iván), como melodrama costumbrista (Once pares de botas, Los fenómenos del fútbol), como comedia de gancho popular (Las Ibéricas F.C., L’allenatore nel palloneShaolin soccer, El penalti más largo del mundo), como thriller de explotación morbosa (Ultrà, Football Factory, Hooligans, The Firm), como plataforma subversiva para los perdedores alzados contra el status quo (Un entrenador genialCamino hacia la gloriaMean machine, Un gran equipo), como reconocimiento del sufrido aficionado (Fiebre en las gradas), como catalizador del retorno imposible al paraíso perdido (Italia-Alemania 4-3; Días de fútbol), como instrumento de discurso político-social apoyado por estrellas (Saeta rubia, Los ases buscan la paz), como válvula de escape para la celebración del orgullo proletario (Mi nombre es Joe, Buscando a Eric), como punta de lanza en las denuncias sociales (Offside) y, por supuesto, como recreación pretendidamente seria y ambiciosa del entorno y las vicisitudes del crack (la fracasada trilogía Goal!).

Evasion o victoria

Sea como fuere, dentro de la categoría que el cine futbolístico reserva para el homenaje de sus símbolos, hazañas y efemérides (La batalla del domingo, Garrincha. Estrella solitaria, El milagro de Berna, Maradona, la mano de dios, The Damned United, United,…), se encuentra la cinta más conocida de este variopinto conjunto. Aquella que en 1981 rodase un director aventurero pero sin pizca de idea de fútbol como John Huston, a mayor gloria de una estrella americana, Sylvester Stallone –para quien se diseña una insólita victoria que pasa por detener un penalti-, secundado por un inglés fondoncete, Michael Caine, y arropados por grandes astros del balón como Pelé, Osvaldo Artiles o Mike Summerbee, entre otros. Es, claro, Evasión o victoria. Una película que se inspira en un episodio real acontecido en la Segunda Guerra Mundial: El partido de la muerte, que enfrentó al orgulloso once de la Luftwaffe alemana, el Flatkelf, contra el FC Start, equipo conformado por un grupo de antiguos jugadores del Dynamo de Kiev reconvertidos al oficio de panaderos a causa del conflicto y que era famoso en la capital ucraniana bajo dominio nazi por su abrumadora imbatibilidad. A pesar de las presiones externas, bien literales, bien implícitas, el Start arrollaría al Flatkelf con un clamoroso 5-1. El resultado, donde los ucranianos aplastaron sin piedad a los invasores alemanes, se cobró en sangre: varios de los jugadores serían detenidos posteriormente por la Gestapo, asesinados a golpes o trasladados a campos de concentración. La propaganda soviética les encumbraría como héroes nacionales. De ahí que, retomando el hilo de Evasión o victoria, el filme de culto de John Huston contase con dos precedentes al otro lado del Telón de Acero. El primero, ruso: Third Time, estrenado en 1962. El segundo, húngaro y apenas un año posterior: Two Half-Times in Hell.

Fotograma de Two Half-Times in Hell

Two Half-Times in Hell desarrolla una visión romántica del evento, que será la que luego Evasión o victoria se arrogue para sí. Emplazada en un campo de concentración magiar en Ucrania, región convertida en frontera por el inexorable avance de las tropas soviéticas, Two Half-Times in Hell establece su trama con patrones típicos del cine de campo de prisioneros –casualidad o no, coincide en el tiempo con La evasión y La gran evasión-. Pero el relato en sí no se encuentra enhebrado a partir de un esquema deportivo, como se podría esperar de la sinopsis. Su esquema argumental es el de crisis de fe de un hombre, con sus respectivos dilemas y redenciones, que se pregunta si el fútbol es todavía suficiente asidero al que agarrarse en medio del horror más absoluto. Delantero goleador encerrado en el campo de trabajo por enfrentarse al comisario militar de su fábrica y escogido por los oficiales alemanes por su fama para formar una selección de fútbol húngara que se enfrente a las fuerzas del Reich en conmemoración el cumpleaños de Hitler, ‘Dió’ Ónódi mide la vida a través del fútbol. “El fútbol es sagrado”, insiste en afirmar quien carece de toda convicción moral, política, patriótica o de clase; aquel que desprecia las raciones extras de comida si no cumplen estrictamente su función de crear un equipo competitivo o que desdeña fugarse porque ya tiene la mirada y la mente fija en el esférico de cuero. Y es que, desde su punto de vista, debutar como profesional anotando un hat-trick equivale en su universalidad a cualquier elevada muestra de arte.

Zoltan Fabri, intelectual y artista, dibuja con precisión la naturaleza reconcentrada de Ónódi: uno más de los innumerables absurdos que nacen de este contexto bélico irracional, patéticos hasta despertar inesperados chispazos de humor negro que, con su repentino fulgor, acostumbran a iluminar la terrible ferocidad que reside acechante en el fondo de las imágenes. En contraste, el tono general de la obra es sombrío, marcado por una narración lacónica de omnipresentes pulsaciones funestas y conversaciones apagadas, desbordadas por reflexiones dueñas de ese acre y pesimista realismo, desprovisto de emoción, que caracteriza a aquellos que conviven con la muerte como inseparable (e incluso deseada) compañera de miseria. Siguiendo esta idea, y a pesar de su sentido de la humanidad -o gracias a él-, el libreto de Two Half-Times in Hell no presenta a los prisioneros como un bloque monolítico e inmaculado, ya que la desesperación que les oprime hace mella en sus ideales, su fidelidad y su honradez para con sus pares. Solo la música parece devolverles momentáneamente la consciencia de su espíritu particular y comunitario. Esta sutil y refinada descripción del deshumanizado contexto, de las motivaciones y de las dudas que nacen en el protagonista debido a la toma de conciencia que supone su asunción del liderazgo -por mucho que a priori solo sea sobre el terreno de juego-, redobla la fuerza de la expresiva escritura visual de Fabri, quien liga este trasfondo psicológico y moral a la celebración de un partido de fútbol que, de nuevo, por lo disparatado de su concepción y la fatalidad que se advierte en su futuro desenlace, ahonda en esta velada aunque penetrante sensación de cruel surrealismo.

Fotograma de Two Half-Times in Hell

En comparación con esta fascinante introducción, el desarrollo de Two Half-Times in Hell adolece de cierto espesor en el ritmo narrativo. El exceso de minutaje demora la llegada de un duelo a muerte en el que se resuelven con encomiable rotundidad los interrogantes filosóficos, existenciales y futbolísticos anteriormente planteados para clamar por la necesidad del individuo de recurrir a cualquier resquicio de rebelión, por pequeño que sea, con la que hacer frente a la tiranía de los hombres malos. De la irreductibilidad del arte, sea cual sea su forma, su técnica o su manifestación.

Por añadidura, el cineasta centroeuropeo aporta además interesantes apuntes sobre cómo filmar el fútbol, puesto que en la contienda logran apreciarse transiciones entre jugadas y al menos algunos pases en largo y carreras con el balón controlado que, guardando las debidas distancias con el fútbol actual, gozan de la suficiente verosimilitud. Si bien sucinto y contundente, el cierre no alcanza la potencia que se esperaría del clímax al que, auxiliado por el árbitro más querible de todos los tiempos, había conducido el colosal desplante del goleador Ónódi ante las mismas narices del generalato nazi, únicamente equiparable en fortaleza y lirismo de otro gran desafío deportivo a la autoridad ilegítima: el del prometedor atleta Colin Smith en La soledad del corredor de fondo. O, quizás, desde una perspectiva derrotista, no sea más que la constatación de la inutilidad de la resistencia virtuosa frente a la brutalidad enconada.

En 2012, Rusia revisaría el mito del partido de la muerte con un nuevo largometraje, The Match.

Victor Manuel Rivero

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