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Un asunto de familia (Manbiki kazoku (Shoplifters), 2018)

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Poster de Un asunto de familiaNota: 9

Dirección: Hirokazu Kore-eda

Guión: Hirokazu Kore-eda

Reparto: Kirin Kiki, Sôsuke Ikematsu, Lily Franky, Moemi Katayama, Sakura Ando, Mayu Matsuoka

Fotografía: Ryûto Kôndo

Duración: 120 Min.

Con 56 años de edad y una veintena de trabajos entre largos de ficción y documentales, y episodios para televisión, todo parece indicar que el tokiota Hirokazu Kore-eda (o Kore-eda Hirokau, a la japonesa, como figura ahora en el cartel de este estreno) nos puede ofrecer otra veintena de espléndidas obras audiovisuales, en la línea de superación y progreso que manifiesta la carrera de este cineasta, consagrado con la Palma de Oro de Cannes, el Globo de Oro y la candidatura al Óscar a la mejor película en lengua no inglesa para Un asunto de familia, además del Premio Donostia que San Sebastián concede al conjunto de su carrera.

Un asunto de familia supone una profundización y hasta radicalización en las cuestiones centrales de su cine más reciente, con la excepción del último largometraje, El tercer asesinato (2017), que transcurría por otro derroteros. Esas cuestiones emergen en argumentos centrados en la familia, con relaciones siempre complicadas y un nivel de conflicto que unas veces tiene un sesgo centrífugo, en pos de la disolución de la familia, y otras opera como cemento en esas relaciones. Recuerdo al lector De tal padre, tal hijo (2013), con una confusión de entrega de recién nacidos que produce un terremoto en las respectivas familias; Nuestra hermana pequeña (2015), una película que levanta el ánimo y muestra un vitalismo notable, a pesar de que cuenta una historia de abandono familiar que, si se piensa despacio, es bastante cruel; y Después de la tormenta (2016), con un hombre separado que vive a salto de mata, se preocupa por su hijo y añora la armonía familiar perdida.

Kore-eda resulta original porque no se ocupa de familias disfuncionales al uso: ni hay padres o maridos maltratadores ni adolescentes con pulsiones adictivas ni hermanos que traicionen la confianza o cuñados que se jueguen en el casino la herencia de los padres; tampoco aparecen los consabidos factores externos –enfermedad, accidente, bancarrota…- que desestabilicen a la familia. Deliberadamente se aparta de los dramas habituales para abordar la vida de familias muy particulares en cuanto no siempre hay lazos directos de sangre o ni antagonistas dispuestos a destruir la convivencia doméstica. Por el contrario, sus personajes parecen tipos comunes, de clase trabajadora, con viviendas modestas –casitas tradicionales rodeadas de bloques, como islas de otra época- y unas vidas sin grandes ambiciones; los varones suelen ser más ingenuos y dispersos, a veces con torpezas y consiguientes arrepentimientos que les llevan de un lado para otro. Las mujeres, por el contrario, muy vinculadas a la casa, parecen otorgar seguridad y cimientos a las familias. Pero no hay roles sexistas ni, creo, resulta determinante un reparto por géneros.

Un-asunto-de-familia

En Un asunto de familia se da una vuelta de tuerca al plantear una falsa familia, formada por una pareja —ella, Nobuyo, trabaja como planchadora, él, Osamu, está de baja laboral— con una joven que trabaja en una exhibición erótica en cabina para voyeristas y un niño de unos 10 años a quien Osamu enseña a robar en los supermercados. También hay una anciana, que ha sido tentada en más de una ocasión para ser atendida en una residencia, pero ella se resiste. Se encuentran en la calle una niña más pequeña, que ha sufrido maltrato familiar, y la acogen en su casa, aunque la televisión anuncia que ha sido secuestrada… La anciana le cose la ropa como si ese acto cotidiano fuera el gran horizonte que cualquiera se plantea en la vida.

Nos olvidamos de los quiebros del argumento para no defraudar al lector; además hay cierta confusión con el pasado de cada uno de los personajes, pero eso no importa, pues lo decisivo es el presente de existencia de una familia “de hecho” carente de lazos de sangre. En el fondo, se plantea el debate entre moralidad y legalidad (¿no es mejor acoger a un niño maltratado que entregarlo a las autoridades y que vaya a parar a un orfanato?) y, como en las anteriores películas, el tema de la paternidad / maternidad con el deseo de dar cariño que parece instintual en los seres humanos, y las obligaciones y el referente moral que supone asumir el rol de progenitor. También están los deliciosos ancianos de otras películas de este admirable cineasta, figuras de enorme ternura y sabiduría, auténticos modelos en los que se miran los otros personajes y nosotros los espectadores. Los personajes siempre obtienen el perdón porque son buena gente, a pesar de los errores que cometen o de no ser capaces de enfocar debidamente los problemas.

Trenes que ya son cita obligada en Kore-eda, la playa como lugar de ocio feliz y, sobre todo, esas casas un poco agobiantes donde se comparte un espacio estrecho y donde siempre se está comiendo o preparando comida, porque es uno de los actos / rituales más universales de las relaciones familiares. Con una extraordinaria fluidez, cierto desapego por los detalles del argumento y la ternura exquisita —alejada de toda sensiblería— Un asunto de familia es una película redonda que se ve como “respirándola” y lleva al espectador a empatizar con el trasfondo optimista, de enorme fuerza emocional que alienta y justifica toda una moral, de los personajes de Kore-eda, a pesar de sus conductas delictivas o de la insensatez en bastantes ocasiones.

José Luis Sánchez Noriega

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