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Yo vengo aquí a hablar del libro: El Nombre de la Rosa (The Name of the Rose)

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El objetivo de estas líneas es comparar, de forma muy resumida, las películas con los libros en los que se basan. El cine ha bebido de la literatura desde siempre y puede resultar interesante ver cuáles son las similitudes y diferencias entre las dos representaciones de una misma obra: veremos finales que se cambian, cómo algunos personajes desaparecen, aparecen o se retocan, los giros en la trama para que teóricamente ésta resulte más interesante en pantalla, qué se corta, qué se alarga y qué se añade, etc. Para ello tendremos a veces que contar detalles que es mejor no desvelar a aquellos que no han visto la película o leído el libro pero bueno, ya estáis avisados…

El director Jean-Jacques Annaud tenía por delante una ardua tarea con la adaptación al cine de El Nombre de la Rosa, la ópera prima de  Umberto Eco en lo que a novela histórica se refiere. Del mismo modo en que las palabras no pueden describir fielmente una sinfonía a quien nunca haya escuchado una,  el formato audiovisual en este caso no consigue que nos sumerjamos en la edad media de una forma tan satisfactoria como lo hace el libro.

No obstante, novela y película cuentan esencialmente la misma historia aunque, como veremos más adelante, con diferencias importantes. Ambas relatan por boca del anciano monje benedictino Adso de Melk los acontecimientos que tuvieron lugar  en 1327 en una abadía del norte de Italia cuando era un joven novicio. La abadía benedictina es el escenario elegido para el desarrollo de dos tramas que se complementan. Por un lado, asistimos al encuentro entre una delegación del papa Juan XXII y representantes del movimiento minorita  con el fin de llegar a una postura común en relación a la pobreza de Cristo. Por otro, seguimos a Adso (Christian Slater) y a su mentor Guillermo de Baskerville (Sean Connery) en la investigación de varias muertes entre los monjes cuyo misterio debe resolverse antes del encuentro de las dos delegaciones.

La principal diferencia entre el libro escrito por Umberto Eco y la película es la importancia que conceden a cada una de estas dos tramas paralelas. Mientras que el primero utiliza el ambiente político, religioso e intelectual de la época para aportar credibilidad a la narración de un monje del siglo XIV, la película persigue el mismo objetivo prestando una escrupulosa atención a los detalles y a la caracterización de personajes y lugares del escenario del crimen.

La abadía descrita por Eco, es un reflejo de una época convulsa en la que la Iglesia católica romana, con sede por entonces en Aviñón, había alcanzado un nivel de influencia tal que la convertía en un poderoso aliado o enemigo en temas seculares. El papa Juan XXII defendía su derecho divino a ejercer, no sólo el poder espiritual, sino también el temporal enfrentándose así al Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico Luis IV de Baviera que, como es lógico, no compartía este punto de vista. La orden franciscana y, en general, todos los movimientos contrarios a la corrupción y la riqueza de la corte papal de Aviñón, son los peones del Emperador en este juego de gigantes mientras que el papa, se apoyaba en órdenes como la benedictina y la dominica a las que las piedras preciosas y las riquezas en general, no molestaban en absoluto. Como dice el propio Adso: “Nunca he acabado de comprender por qué los abades benedictinos habían dado protección y asilo a los franciscanos espirituales […]. Porque si los espirituales predicaban la renuncia a todos los bienes de este mundo, los abades de mi orden, en cambio, seguían una vía no menos virtuosa pero del todo opuesta”.

En cambio , y de forma comprensible, el director de cine nos ahorra gran parte de las disquisiciones teológico-filosóficas que encontramos en el libro  y, como hemos dicho, se centra casi exclusivamente en los crímenes. Pero no lo hace de forma totalmente fiel al original ya que no  menciona dos de las pistas esenciales para que Guillermo de Baskerville pueda resolver el misterio a lo Sherlock Holmes: la referencia de Adso a la Coena Cypriani y los balbuceos de Alinardo de Grottaferrata, un anciano monje del que la película prescinde, sobre una injusticia cometida en el pasado. Annaud simplemente confía en la intuición de Guillermo de Baskerville para resolver el enigma. A este respecto , señalar que Umberto Eco también confía en las facultades deductivas del progatonista y aprovecha para teorizar (como buen semiólogo) sobre el papel de los signos y su relación con la verdad: “De modo que las ideas, que antes había utilizado para imaginar un caballo que aún no había visto, eran puros signos, como eran signos de la idea de caballo las huellas sobre la nieve: cuando no poseemos las cosas, usamos signos y signos de signos”. Este método y la ayuda de Adso, le llevarán a un secreto de confesión, luchas de poder en el seno de la abadía y, finalmente, al Finis Africae, una habitación secreta donde se esconde  un libro prohibido. Todo ello enmarcado en una sociedad medieval en la que la inquisición seguía activa.

Aparte de Alinardo, hay otros personajes que tampoco vemos en la versión de Annaud como el maestro vidriero o el monje escandinavo Bencio de Upsala. Otros sí aparecen pero no como el libro los describe. Este es el caso por ejemplo,  de Ubertino de Casale, un místico defensor de los espirituales que en la película vemos como un viejo chocho y algo lujurioso. Venancio de Salvemec es representado por un actor negro cuando un monje de este color sería impensable en una época en la que  los demonios “son negros como carbón” y África todavía era tierra de criaturas fabulosas. Algo parecido ocurre con Berengario que pasa de tener  “los ojos de una mujer lasciva” a lucir unas uñas kilométricas, un rostro maquillado y un pavor por los ratones tradicionalmente atribuido al sexo femenino. En cambio, Annaud reproduce de forma perfecta a otros personajes como Salvatore, Jorge de Burgos y al propio Adso (si obviamos el detalle de que era un novicio benedictino y no franciscano).

Con respecto a los lugares en los que transcurre la acción, el director hace un trabajo excelente con la abadía y su entorno. Pero se permite varias licencias con la biblioteca haciendo que nos perdamos todo el proceso que lleva a Guillermo de Baskerville y a su joven ayudante a descifrar la clave para encontrar el segundo libro de la Poética de Aristóteles, la causa de todas las muertes. En la película,  Adso imita a Ariadna y utiliza un cordón para no perderse cuando en el libro Guillermo de Baskerville consigue averiguar la distribución de las habitaciones descifrando las inscripciones que aparecen encima de la entrada de cada una de ellas y viendo la biblioteca desde el exterior.

El final de ambas obras también difiere, como es habitual. En el libro, el brazo secular se lleva al cillerero, Salvatore y a la chica a Aviñón para ser juzgados y, con casi total seguridad, quemados en la hoguera. Los campesinos no se sublevan para salvar a la damisela sino que ni siquiera tienen oportunidad de aparecer y Bernardo Gui , en lugar de morir dolorosamente como corresponde a un villano que se precie, parte tan fresco con el resto de la delegación. Eco sin embargo, y a diferencia de Annaud, no perdona al abad, que muere asfixiado en un pasadizo secreto cuando intentaba llegar al Finis Africae. Pero lo que, a mi parecer, arruina la película, es la insistencia de Annaud en meter al fugaz amor de Adso hasta en la sopa.  Creo que es mucho más adecuado el final de Eco en el que un Adso, ya adulto, regresa a la abadía de la que casi no queda nada, y comienza recoger fragmentos de libros: “Recogí todas las reliquias que pude encontrar, y las metí en dos sacos de viaje, abandonando cosas que me eran útiles con tal de salvar aquel mísero tesoro”. Me parece un final más apropiado para un libro que habla de libros. Como dice el propio autor en el prólogo: “Porque es historia de libros, no de miserias cotidianas, y su lectura puede incitarnos a repetir, con el gran imitador de Kempis: “ln omnibus requiem quaesivi, et nusquam inveni nisi in angulo cum libro”: por doquier he buscado la paz y en ningún sitio la he hallado, excepto en un rincón con un libro.

Curiosidades:

La frase en latín con la que terminan tanto el libro como la película “Stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemos” y que se podría traducir como “de la prístina rosa, solo nos queda el nombre”  es un verso del poema “De contemptu mundi” (“Del desprecio del mundo”) del monje benedictino Bernardo Morliacense del siglo XII y hace referencia a la pérdida de significado de los signos, en este caso, la palabra. Según el propio Eco : “La idea de El Nombre de la Rosa se me ocurrió casi por casualidad, y me gustó porque la rosa es una figura simbólica tan densa, que por tener tantos significados, ya casi los ha perdido todos”.

Umberto Eco recrea en su libro varios personajes reales como Bertrand del Poggetto, Ubertino de Casale y Bernardo Gui. En cuanto a este último, el malo de la película junto con Jorge de Burgos, parece que en realidad no fue tan villano. De  647 casos de herejía que juzgó, tan sólo 43  derivaron en condenas a muerte. Dos datos curiosos acerca de esta figura histórica es que fue obispo de Tui en Galicia y que Victor Hugo lo menciona en Los Miserables.

Recientemente visité una exposición sobre Méliès en un centro en el que también se exponían obras de Piranesi. Cuando volví a ver la película vi que el laberinto, que nada tiene que ver con el imaginado por Eco, se parece bastante a una de las obras de este autor:

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Yo vengo aquí a hablar del libro: El Nombre de la Rosa (The Name of the Rose), 9.2 out of 10 based on 5 ratings

2 Comentarios

  1. Me gusta, es fabulosa

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  2. Simplemente una película excelente. La ambientación es buenísima, es entretenidad y profunda. No se agota en un simple hechos histórico o en señalar los obvios defectos de la edad media sino que va más alla resaltando las virtudes de esta época en el personaje de Guillermo Baskerville. Muy recomendable.

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