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I May Destroy You: contra la hipocresía de lo políticamente correcto

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La valoracion de nuestros lectores:
Rating: 10.0/10 (1 vote cast)

CONTIENE SPOILERS

No son muchas las series que asumen riesgos en el tratamiento de sus temáticas. Diría que algunas ni siquiera tienen temática, pues simplemente persiguen el mero entretenimiento del televidente. Una opción que no es criticable, pero que a este crítico le parece insuficiente para considerar rentable la inversión del tiempo empleado en ellas. Algunas de las series que me gusta ver se atreven a abordar temas conflictivos de la actualidad. Hay otras, las menos, que, yendo un paso más allá, incluso recurren a la provocación y aceptan con orgullo el sambenito de ser incómodas y desafiantes.

Es el caso de I may destroy you, una serie que no hace prisioneros y que coloca al espectador siempre contra las cuerdas. En ella se analizan diferentes variantes del delito de violación, agresión y abuso sexual. Mientras que en un primer incidente, Arabella es violada después de haber ingerido una bebida adulterada (se desconoce la identidad del culpable porque solo queda un vago recuerdo del suceso en su memoria), en la segunda es víctima del abuso de un amante ocasional que durante el acto sexual se desprende del preservativo sin previo aviso. En ambas ocasiones se trata de un concepto diferente de violación del acostumbrado en nuestra sociedad. Lo mismo ocurre con Kwame, que sufre una agresión sexual durante un encuentro con uno de sus ligues en Grinder: tras mantener una relación consentida, es víctima de una relación no consentida, en el mismo espacio y unos minutos después de la primera.

Todo ello sucede durante los cinco primeros episodios de la serie. En el sexto, después de haber incendiado un debate en torno a las violaciones de la protagonista y a la de uno de sus mejores amigos, se produce un regreso al pasado del personaje principal y de una de sus conocidas para destruir parte del discurso propuesto en capítulos anteriores. La maniobra es sensacional y rompe todos los esquemas preestablecidos en el imaginario colectivo.

En esta sexta entrega, asistimos a una relación sexual consentida en la que se produce inicialmente un comportamiento abusivo y delictivo por parte de un joven de raza negra a una chica blanca de su edad. A continuación, esa conducta, consistente en fotografiar el encuentro sin previo aviso, es autorizada por el personaje femenino a cambio de un precio y con la mente puesta en una inminente venganza. Sin embargo, existe una implicación emocional por parte de la adolescente, que habituada a las disfuncionalidades de su ámbito familiar, busca afecto a toda costa y no entiende las posibles consecuencias de este tipo de prácticas.

La creadora de la serie resuelve la situación mediante una denuncia de violación por parte de la chica. La acusación es falsa, pero ella dice haber sido agredida sexualmente mediante la amenaza de un arma blanca. A continuación, la acusación es desmentida por un grupo de alumnos que, habiendo recibido una de las fotos realizadas durante el acto sexual, la facilitan a la dirección del colegio para demostrar el contexto de consentimiento en el que se desarrolló el encuentro.

Estaríamos ante una situación sencilla si no fuera por una serie de detalles que revientan la convención. En cuanto se interpone la denuncia, enseguida se entiende como un asunto racial en el que ella es inmediatamente apoyada por el centro escolar, amparándose en el color de su piel. Sin embargo, en cuanto los amigos del inculpado tienen constancia de la acusación, proporcionan las fotografías tan solo en base a una afinidad racial. En ningún momento se discute la inocencia o culpabilidad del chaval y mucho menos el hecho de compartir públicamente fotografías que vulneran el derecho a la intimidad de una persona.

De un plumazo, se retrata un racismo bidireccional y un entendimiento completamente distorsionado del concepto de abuso sexual, violación y de una serie de prácticas que en la actualidad han cambiado en su forma de ser percibidas por la sociedad. La creadora, escritora y protagonista de la serie, Michaela Coel, sorprende por lo afilado de su mirada y su capacidad de provocación desde una perspectiva intelectual. Propone el punto de vista oficial y de lo políticamente correcto para, a continuación, cuestionarlo e invitar a una profunda reflexión respecto a un asunto que, a pesar de estar legislado, no acaba de calar en la opinión pública.

En este tipo de delitos, no podemos permitirnos el lujo de mirar a otro lado. Tampoco podemos acusar a las víctimas por haberse puesto en posición de peligro, sobre todo cuando ese peligro no debería existir en una sociedad concienciada, protegida y saneada contra todo tipo de delincuentes sexuales. Asimismo, debemos ser conscientes del daño que se puede infligir a otra persona mediante una acusación falsa, así como a través de la publicación de fotografías íntimas sin el debido consentimiento, una práctica que, al parecer, sigue siendo validada por nuestra sociedad. Gracias a esta serie, muchos podrán entender eso de que “no es no” y de que no hace falta penetración para haber sido violado y de que una relación consentida iniciada con preservativo se convierte inmediatamente en no consentida desde el momento en que el hombre se retira la protección y continua el acto hasta la eyaculación sin haber mediado autorización por parte de la mujer.  Todas estas conclusiones concentradas en un par de episodios suponen un triunfo monumental para una serie que cumple las carencias educativas de nuestra juventud.

Carlos Fernández Castro

I May Destroy You: contra la hipocresía de lo políticamente correcto, 10.0 out of 10 based on 1 rating
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