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Confinamiento 16/04/2020: Una pareja perfecta (2005)

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La primera vez que terminé de ver Una pareja perfecta corrí a la cama donde mi mujer descansaba. Acababa de amanecer y me tumbe junto a ella para abrazarla con todas mis fuerzas. Ese plano final me hizo llorar a lágrima suelta. De repente, me sentía más privilegiado que una hora y cuarenta minutos antes. Nobuhiro Suwa retrata ese momento en el que una pareja se está rompiendo. No cuando las cosas se tuercen o cuando cada uno se ha ido ya por su lado.

La pareja formada por Valeria Bruni Tedeschi y Bruno Todeschini vive en Lisboa y decide desplazarse a París para asistir a la boda de un amigo antes de dar definitivamente por concluido su matrimonio. Comparten una misma habitación de hotel, pero desde el primer momento sabemos que ya no están juntos gracias a la instalación de una cama supletoria a un lado de la estancia. Mediante los diálogos y el lenguaje corporal de los actores intuimos que la ruptura está siendo amistosa.

Por diferentes motivos, éso irá cambiando a lo largo de las secuencias: en una cena con dos amigos, al regresar al hotel, durante y después de la boda, en las visitas de Marie al museo Rodin… Suwa posiciona la cámara y, por lo general, no la mueve. Tampoco corta el plano hasta que agota su expresividad. Marca las directrices generales y prescinde de un guión en busca de la absoluta espontaneidad de sus intérpretes. Ellos entran y salen del encuadre, se acercan y se alejan del objetivo. Sus voces se escuchan dentro y fuera de campo.

Y todo ello en sintonía con la evolución de la relación, sometida a una tensión que crece a cada momento. En sus frases y en sus movimientos intuimos la impotencia, la falta de comunicación, el rencor e incluso un amor que se resiste a la ruptura definitiva. Mientras Suwa alterna los puntos de vista, el espectador se pregunta cuándo acabará este sufrimiento. ¿Estallará por los aires o simplemente inplosionará en silencio?

Mientras tanto, el cineasta nipón impone el ritmo y la cadencia de una muerte dulce, nos deja saborear la esperanza para negarla en el siguiente plano. Y cuando todo termina, nos brinda un plano final que recuerda vagamente al cierre deprimente de El tercer hombre y al ilusionante final de Antes del atardecer. De repente, todas las dudas y, en definitiva, toda la película cobra sentido en uno de los planos finales más memorables de la historia del cine.

Carlos Fernández Castro

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