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Teniente corrupto (Bad Lieutenant, 1992)

Teniente corrupto (Bad Lieutenant, 1992) es una buena muestra de por qué Abel Ferrara es considerado un director «peligroso». Rompedora, arriesgada, polémica, desafiante, provocadora… Su protagonista es el más claro ejemplo de que una película puede estar protagonizada por un ser deleznable y, aún así, mantener al espectador pegado a la pantalla. 

El recorrido narrativo del personaje interpretado por Harvey Keitel es salvaje y oscuro, casi insoportable en el progresivo descenso de un ser que se cree intocable e indestructible, que desafía a ese Dios en el que íntimamente cree. En el fondo, es ese Dios quien pone un delito en su camino que le obliga a recapacitar y le invita a purgar sus pecados. Pero como era de esperar, su lectura de esta invitación resulta ser errática y le empuja un poco más en ese pozo existencial que no parece tener fondo. 

Hacia el final del metraje, Ferrara replica uno de los planos iniciales de su película en el que Keitel lleva a sus hijos al colegio. Mismo coche, misma posición de cámara, distinta iluminación para marcar la pureza e impureza de los distintos pasajeros y los distintos contextos. También varía el aspecto físico del conductor, quien entre esos dos planos ha entregado su existencia al vicio y al pecado. 

Para marcar ese descenso a los infiernos, los niños del primer plano son sustituidos por dos adolescentes a los que el teniente, en busca de su propia redención, va a dispensar de un castigo seguro del que nadie debería librarse. De este modo, el protagonista toca finalmente fondo y Ferrara resuelve su narración del único modo posible.

Carlos Fernández Castro

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