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Keane (2004)

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Hay directores que saben tensionar el encuadre hasta llevarlo al límite de lo soportable. Para lograr este efecto, suele ser necesaria la intervención de un actor, a ser posible de su rostro en la versión más dramática posible, que llene el plano de desesperación, impotencia, un toque de locura… Durante los primeros minutos de Keane, una sensación angustiosa se apodera del espectador. El personaje interpretado por Damien Lewis está a punto de rebasar los dominios de la cordura. Cada plano es un nuevo paso en un campo de minas a punto de estallar.

En un principio creemos observar a un padre de familia que busca desesperadamente a su hija. Mas adelante descubrimos a ese mismo hombre inmerso en un círculo vicioso de drogas, sexo y problemas mentales, que le impiden enfocar su vida hacia el objetivo que inicialmente parecía guiarla. En este sentido, Keane es plenamente deudora de Memento: su protagonista parece perpetuar la mentira que, con un poco de “suerte”, le impedirá averiguar el verdadero paradero de la desaparecida y perpetuará su falso estatus de padre coraje. Sin embargo, Lodge Kerrigan da un paso más en su propuesta al dejar en la penumbra esa frontera que separa la verdad de la mentira, tanto para el espectador como, probablemente, para su protagonista.

Keane es dura, desoladora y mantiene una tensión insoportable a lo largo de toda su narración. Pero no todo es oscuridad en la vida de su protagonista. A partir de un determinado momento de su metraje, esa penumbra es iluminada por momentos de gran sensibilidad que ofrecen la visualización de un hilo de luz al final del túnel. Sin embargo, ni siquiera esos pasajes propician la paz mental que la mente de Keane parece necesitar. Se trata de instantes que ofrecen la única vía de escape a una historia aterradora, pero también representan la presencia de una mente acomodada en el tormento.

Desde el primer tercio del film, varias imágenes describen el estado mental de Keane. Tras haber interrogado a todos los empleados de la estación de autobús, el protagonista sale a buscar a su hija sin una estrategia aparente. Nadie ofrece pistas concluyentes. Él empieza a reflexionar en voz alta, para si mismo, como si quisiera recrear los últimos momentos antes de haberla perdido de vista, repitiendo frases de las que parece querer convencerse a si mismo. A continuación, la cámara de Kerrigan le registra tumbado en una isleta de césped entre dos carreteras transitadas, convulsionando, como si de un enfermo mental se tratara. Es posible que haya perdido a su hija para siempre. ¿Acaso ha perdido también la razón?

Lodge Kerrigan nos embarca en un viaje sin destino que, como ya ocurriera en su debut Clean Shaven, supone una experiencia perturbadora, basada en la maximización de todos los recursos cinematográficos al alcance de su mano: cámara en mano y planos secuencia que cuentan con el empleo del sonido y un actor en estado de gracia como mejores aliados para construir una obra solo apta para masoquistas y amantes del arte cinematográfico.

Carlos Fernández Castro

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