Secuencias inolvidables: El hombre del oeste
Me encantan los directores que se atreven a reformular géneros clásicos. Durante toda su carrera, Anthony Mann ya había merodeado las fronteras del western en sus películas con James Stewart, pero fue en Man of the west (El hombre del oeste, 1958) donde se atrevió a dar el gran salto al lado prohibido, incluso antes que Sam Peckinpah, donde los forajidos cinematograficos transgredían los códigos no escritos del género.
Se trata de una película de extremos, en la que Mann parece retratar la naturaleza dual de todo ser humano, así como explorar las diferentes posibilidades del oeste americano: interiores y exteriores, el bien, el mal y la coexistencia de ambos en una misma persona, el pacifismo y la violencia o su alternancia según las circunstancias…
Podría comentar una infinidad de composiciones que me vuelan la cabeza debido al estilo visual con el que Mann cuenta su historia, pero prefiero limitarme a una secuencia que roza el milagro fílmico por la compasión que el protagonista muestra hacia un hombre al que ha matado, enemigo en el presente y amigo en un pasado lejano.
Hay algo en esta escena que me estremece. Gary Cooper solía ser un pistolero, un maleante. En un momento determinado de su vida decidió abrazar un nuevo tipo de vida, alejada del egoísmo de los forajidos que solo miran por su propio lucro y tendente a sumar en su nueva comunidad. Sin embargo, cuando mata a Claude no siente la satisfacción de haber matado a un contrincante, a un asesino despiadado, sino el pesar de haber acabado con un trozo de su pasado que también es parte de él, siempre lo será, con alguien a quien en un momento apreció.
¿Y cómo representa esto Mann? Ahí es donde se aprecia la genialidad de un director. Justo después de haber constatado el fallecimiento de Claude, a Cooper se le escapa un gesto de impotencia (magnífico el actor) y acto seguido coloca delicadamente los brazos de su antiguo compinche en cruz sobre su pecho, como si le dedicara un gesto de respeto. La acción es conmovedora y rompe con todo lo que solía verse en el género por aquel entonces.
Carlos Fernández Castro






