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Confinamiento 26/05/2020: El cielo sobre Berlín (1987)

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Wings of Desire. Wim Wenders 1986/87

Durante gran parte de su metraje, El cielo sobre Berlín es mas un ensayo cinematográfico que una película de ficción. Sus imágenes etéreas, mecidas por el curso del espacio y el tiempo, están acompañadas de reflexiones en off que versan sobre asuntos existenciales de personajes anónimos elegidos al azar. Dilemas individuales, reproches que no alcanzan destinatario, pensamientos rutinarios, inseguridades, miedos, ilusiones, decisiones indecisas…

Como si quisiera demostrar su versatilidad, Wim Wenders construye una película dividida en dos partes: la ensayística, que invita a volar a lomos de su cámara omnipresente y omnipotente, y la narrativa, que facilita la transformación del protagonista y da pie a una segunda entrega. No obstante, toda la obra está barnizada de un lirismo que propicia la cohesión del conjunto y sumerge al espectador en un trance metafísico del que es difícil escapar, a pesar de algunos tramos en los que la voz no está a la altura de la imagen.

De hecho, el guión de Wenders y Handke roza lo pretencioso en no pocos pasajes del film. Sin embargo, en otros momentos es capaz de forzar un replanteamiento en nuestra forma de entender la realidad y percibir el mundo que nos rodea de una manera muy similar a como lo harían las películas de Terence Malick algunos años más tarde. Una de las grandes virtudes de El cielo sobre Berlin es su capacidad para hacernos reconectar con aspectos de la vida que a menudo damos por hecho, sin percatarnos del privilegio que supone tenerlos al alcance de la mano. Más vivir la vida y menos fingirla.

A pesar de su perspectiva eminentemente espiritual, la película incide en la relevancia de la dimensión material del ser humano. Porque, al fin y al cabo, no flotamos en el aire como los ángeles de Wenders. En la dimensión de los vivos existe el espacio y el tiempo no se detiene ante nadie. Por eso, la belleza bicromática del mundo celestial parece demasiado perfecta y armoniosa frente al prosaico multicolor de la vida de carne, hueso, sudor, sangre y lágrimas. Y es ahí donde Wenders conquista al espectador, que acaba comprando un universo de impedimentos a cambio de las posibilidades que ofrece un cuerpo mortal.

La clave de la película se encuentra en una conversación que mantienen los dos ángeles protagonistas en el interior de un coche de lujo aparcado en un concesionario. El mundo está a sus pies, pero echan de menos emocionarse por una comida, dar de comer a su gato al llegar a casa, sentir el peso de sus huesos al caminar, adivinar en lugar de saber siempre con certeza, ser salvajes, saber qué se siente al quitarse los zapatos debajo de la mesa y estirar los dedos de los pies, dejarse llevar por sus emociones, mentir como bellacos… El diálogo transcurre en un blanco y negro que transforma la belleza de planos anteriores en pura melancolía.

Y a partir de ese momento, permanece ese sentimiento en la pantalla, hasta que el color estalla con la irrupción en escena de un ángel sin alas que cautiva al personaje interpretado por Bruno Ganz. Es tan solo un aviso que da paso nuevamente a lo que interpretaremos, de ese instante en adelante, como una gama de grises. A continuación, Wim Wenders narra en tiempo real uno de los enamoramientos más bellos de la historia del cine entre una mortal, que sobre la cama de una habitación medita su existencia, y un ángel que escucha esos pensamientos desde la invisibilidad de su condición de ser etéreo e inmaterial. Tal vez sea más fácil enamorarse de algo que comprendemos, de la honestidad, de la pureza de un sentimiento, de la vulnerabilidad de quien parece invencible, de la verdad desnuda. Ocurre con las personas como ocurre con el cine.

Carlos Fernández Castro

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