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El Extraño Amor de Martha Ivers (The Strange Love of Martha Ivers) (1946)

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el extraño amor de martha iversNota: 7,5

Dirección: Lewis Milestone

Guión: Robert Rossen (Novela: John Patrick)

Reparto: Barbara Stanwyck, Van Heflin, Lizabeth Scott, Kirk Douglas, Judith Anderson, Roman Bohnen

Fotografía: Victor Milner

Duración: 116 Min.

“Rosebud”, musitaba Charles Foster Kane en su lecho de muerte rogando por recobrar el símbolo de su felicidad más pura y genuina, que es aquella que no había podido comprar con la obscenidad de su fortuna. Rosebud; lo único que no tenía el hombre que lo tenía todo. A Martha Ivers, heredera de un vasto imperio industrial que a la vez es el corazón de su propia ciudad, Iverstown, y capaz de convertir a su marido en presidente si así lo deseara, se le iluminan los ojos ante el inesperado reencuentro con Sam Masterson, su compañero de correrías infantiles y jugador abandonado a las apetencias del azar. Más tarde, el único calor que endulzará sus inflexibles rasgos provendrá de una fogata abandonada que sirve de magdalena de Proust hacia un pasado mejor, repleto de ansias de libertad y emociones. “¿Intentaron matarte en San Francisco?”, preguntará a Masterson desbordada por la excitación juvenil que le produce la noción de peligro y aventura, irremediablemente perdida bajo los escombros de una montaña de ambiciones impuestas. Y el espectador se ve transportado con ella a la apertura del filme, ambientada 18 años atrás, y donde Ivers, adolescente, interroga a Masterson acerca de la procedencia de la comida que le lleva al vagón de tren donde se oculta de su estricta tía y tutora legal. “¿Lo has robado?”, inquiere esta vez estremecida por una curiosidad mórbida que, a buen seguro, es absolutamente ingenua. La destrucción de la inocencia, en definitiva.

Heflin y Scott en el extraño amor de martha ivers

El extraño amor de Martha Ivers establece un diálogo constante entre el pasado y el presente, interconectados a través de la maldición de una hacienda millonaria que se esfuerza en aferrar su cruel yugo sobre los personajes, manifestándose en elementos como la tía que gobierna con mano de hierro la vida de sus conciudadanos, una tétrica mansión azotada por la lluvia durante casi dos décadas y, especialmente, en la pátina de putrefacta ambición con la que infecta a sus desdichadas víctimas. Este implacable encadenamiento entre pasado y futuro no es tanto la constatación de un destino escrito de antemano que cercena la libertad del individuo, patrimonio tradicional del cine negro. Su naturaleza no es trascendente sino terrenal, impuesta por los hombres los unos a los otros. El influjo de la tía (nada menos que Judith Anderson, la aterradora señora Danvers de Rebeca), asesinada por la muchacha en el cierre del prólogo, se perpetúa en la existencia posterior de una mujer (Barbara Stanwyck) que hereda unas aspiraciones de poder que no son las suyas, tan solo equiparables en magnitud a una profunda amargura interior que se exterioriza en el desprecio con el que gobierna ese citado microcosmos de Iverstown. Del mismo modo, esta relación enfermiza y claustrofóbica extiende sus garras sobre su marido, Walter O’Neil (Kirk Douglas), fiscal del distrito y apenas testaferro de la gran dama a la que sirve desde la infancia, cuando decidió endosar a un inocente la condena a muerte por ese homicidio cometido en realidad por su amada. En el centro de esa espiral de hiel y asfixia existencial, el libreto también hace de O’Neil un individuo de futuro castrado, sin libertad alguna de decisión pese a su aparente poder social, sometido a designios ajenos y a quien solo le queda ahogar el desencanto, los remordimientos y la hipocresía en una botella de whiskey. “Me sigue pareciendo un niño asustado”, observará Masterson tras reencontrarse por casualidad con su retrato.

Stanwyck y Heflin en el extraño amor de martha ivers

Y es que Masterson (Van Heflin) desembarca en este universo viciado en su caso sí a consecuencia de los hados –como buen jugador profesional, Masterson se someterá al albur de sus caprichos-, los cuales interrumpen su eterno vagar, comenzado hace 18 años -también en ese punto de inflexión de la muerte de la señora Ivers-, estrellando su coche ante el cartel de su ciudad natal. En contraposición con Ivers y O’Neil, Masterson representa el tercer vértice del triángulo y el único que ha logrado zafarse del monstruoso peso de las imposiciones gracias a su huida en una caravana de circo que, en principio, también había debido tomar la joven Martha. Por último, dentro de ese juego de contrastes y paralelismos, también zarandeada por la suerte, aparece Toni Maracheck (la infravalorada Lizabeth Scott, conquistadora de planos), una muchacha de belleza trágica, acosada por la ley, hija del arroyo, desarraigada y aspirante a estrella errante como Masterson pero que, a causa del pernicioso influjo de Iverstown, se convierte en fuente de dilemas para un hombre retenido contra su voluntad, varado en la encrucijada entre el pasado que no se marcha –su conexión biográfica y romántica con Ivers- y el porvenir que solo promete incertidumbre y, eso sí, autodeterminación.

Lewis Milestone arroja contra la platea un tenebroso argumento que condensa toda la acidez de su guionista, Robert Rossen, un cineasta crítico hacia los fundamentos y predicamentos de la sociedad estadounidense de su tiempo –lo que le valdría entrar a formar parte de las listas negras de Hollywood durante la infamia del mccarthismo-, quien adaptaba, con la ayuda del propio escritor original, una novela de John Patrick. De ella saldría la única nominación a los Óscar para la cinta. La introducción, narrada con tono y estética de cuento –los truenos y la lluvia amenazantes, la madrastra que aguarda terrible en una mansión poblada por las sombras desde donde reina, la vida mortificada de una desvalida huérfana-, resulta antitética a la lacerante crudeza de su desarrollo. A pesar de que se echa en falta mayor concisión en el planteamiento de la trama y la presentación de personajes -en exceso dilatada y por tanto descompensada en relación al metraje-, la película se ve progresivamente repleta de una agresividad psicológica que envuelve los fotogramas en una atmósfera sofocante verdaderamente lograda y donde esas notas góticas y fabulescas solo reaparecen cuando el pasado amenaza con revivir en el presente –el beso entre Ivers y Masterson, semejante al despertar de un hechizo-, siempre aparejadas a la cárcel de oro de la familia Ivers, cuyo aspecto lujoso no logra hacerla menos inquietantes que las empobrecidas y mugrientas calles del centro de la urbe.

Stanwyck y Douglas en el extraño amor de martha ivers

El extraño amor de Martha Ivers es una obra tremendamente opresiva, despiadada y pesimista con sus desdichados personajes, encarnados por un reparto que, curiosamente, parece del todo apropiado en el sector femenino –la Stanwyck ya había demostrado dos años antes en Perdición que le bastaba una pulserita en su tobillo desnudo para adueñarse de la voluntad de un hombre-, pero cuanto menos sorprendente en el masculino –Heflin como irresistible seductor y Douglas como apocado calzonazos, si bien podría disculparse por tratarse de su debut en pantalla-. Y así, por extensión, y pese a los esfuerzos de un epílogo impostado, el filme es también tremendamente despiadado y pesimista respecto a la América ultraindustrializada y deshumanizada, corrompida moral y económicamente. Razones que, poco tiempo después, serán suficientes para agregar páginas al sumario de la caza de brujas que traería la desgracia a Rossen.

No llegaría a estrenarse en España.

Victor Manuel Rivero

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