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Objetivo: Birmania (Objective Burma!) (1945)

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Objetivo BirmaniaNota: 7

Dirección: Raoul Walsh

Guión: Ranald MacDougall, Lester Cole, Alvah Bessie

Reparto: Errol Flynn, James Brown, William PRince, George Tobias, Warner Anderson, Henry Hull

Fotografía: James Wong Howe

Duración: 145 Min.

A Hollywood le costó entrar en la Segunda Guerra Mundial. Todavía renqueante por la catástrofe económica de 1929 y con una cándida idea de lejanía respecto a un conflicto considerado europeo e incluso asiático, Estados Unidos se escudaba inflexible tras el aislamiento en política internacional, su tónica predominante a lo largo de la Historia. La factoría de sueños californiana se erigía entonces como uno de los principales adalides de estas directrices de poder, que controlaban y en algunos casos censuraban de forma tajante cualquier propuesta que pudiera inflamar los ánimos, en aras de la intervención armada norteamericana. En el periodo anterior al conflicto, aún marcado en el séptimo arte por la corriente pacifista y antibélica heredada de la Primera Guerra Mundial, solo Confesiones de un Espía Nazi aparece como advertencia contra el peligro alemán. Ni siquiera el documental -territorio explorado y explotado por las potencias europeas durante una guerra que alumbraría la propaganda de Estado moderna-, procedía a llenar este hueco de fingida y temerosa ignorancia.

A pesar de obras maestras como El gran dictador, el punto de inflexión en esta tendencia lo marcaría el taquillazo de El sargento York, que a través de la transformación mental de su protagonista, simbolizaba a la perfección la transición desde el lógico pacifismo del idealista hasta un ardor guerrero imprescindible e inapelable, el cual, para tranquilidad del combatiente receloso, encontraba ahora su debida justificación ante Dios y el hombre. Apenas dos meses después, el ataque de la aviación japonesa sobre Pearl Harbor el 7 de diciembre de 1941 fue la espita que, definitivamente, haría estallar todo este belicismo latente en los Estados Unidos y Hollywood. Según calcula Hilario J. Rodríguez en su libro El cine bélico: la guerra y sus personajes, de las 1.700 producciones registradas en Hollywood entre 1942 y el término de la contienda en 1945, aproximadamente un tercio podrían encuadrarse, de uno u otro modo, dentro de este género.

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El estreno de Objetivo: Birmania coincide cronológicamente con la cruenta batalla de Iwo Jima (19 de febrero a 26 de marzo de 1945), la primera celebrada en suelo japonés. El avance en el frente Occidental alcanzaba ya la frontera natural y psicológica del Rhin. En el Pacífico, el optimismo era valor en alza, aunque las certezas de victoria aparecían aún insuficientes y los metros conquistados se cobraban un elevado precio en sangre. El devenir de la guerra cinematográfica ya lo había marcado Baatan, ambientada en la lucha por el estratégico control del archipiélago de las Filipinas: una cinta con inspiradores aires westernianos que, si bien retrataba una derrota, alentaba un cambio en los vientos, que solo podía conducir al triunfo definitivo. Habida cuenta de este peculiar contexto, es razonable tolerar que, como la mayoría de producciones del momento, el cometido de Objetivo: Birmania pase por los fines propagandísticos de enardecer el valor de los combatientes y, al mismo tiempo, mantener alta la moral de la retaguardia. Porque si Errol Flynn, el rey de los crápulas, podía asumir con conmovedora convicción la difícil responsabilidad de guiar a un pelotón de paracaidistas en medio del caos y la locura, quién no iba a ser capaz de igualar su transformación espiritual.

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No obstante, el capitán Nelson de la díscola estrella tasmana no es la reencarnación de sus característicos héroes románticos e imperturbables ante la amenaza de un villano novelesco; el arquetipo aventurero clásico que, entremezclado con el falaz ‘Dulce et decorum est pro patria mori’ de Horacio, Hollywood había extrapolado a sus primeros productos de campaña: soldados valerosos y audaces que entendían la guerra como un desafío romántico y exótico lleno de ideales y gloria, en el que la muerte es un peaje casi indoloro que pagar con gusto, con tal de salvar al Bien (y a la chica, ya que estamos). La hostil realidad de la contienda más sanguinaria de todos los tiempos había apuñalado al romanticismo hasta desangrarlo. El capitán Nelson, decíamos, es un guerrero tejido con unas flaquezas, dudas, y tormentos de lo más humano. Un civil, en conclusión, que, en tributo a la responsabilidad colectiva que le corresponde, desempeña su labor con la más absoluta entrega y disciplina, liderando ejemplarmente a sus subordinados sin echar mano de peliculeras tretas de sargento chusquero, sino desde la identificación fraternal, el calor emocional, el carisma personal, el temple en la adversidad y, en todo caso, la jerarquía paternal –su empeño regañón con las pastillas contra la malaria como ejemplo-. Un capitán, en definitiva, que se obliga a sí mismo a tragarse las irrefrenables lágrimas ante la visión del amigo muerto, a absorber frente a sus hombres los temblores que le atenazan, como a cualquier otro, ante una situación límite.

Raoul Walsh, paradigma del cineasta clásico, que merced a su vocación como contador de historias, imprime un fluido y entretenidísimo ritmo a la película, apuesta en la obra por el hombre de a pie, más que por las grandezas del conflicto. El foco de su atención se concentra por tanto en el pelotón y no tanto en la estrategia marcial, difusa hasta el último momento en manos de un alto mando acuartelado en la distancia e incomprensible en sus motivaciones (aunque incuestionado en el campo de batalla, por supuesto). Un principio de realismo en el tratamiento de caracteres que también se traslada a la más precisa y detallista descripción de los procedimientos marciales, próximos al documental.

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A decir verdad, el filme no es la crónica de un episodio de la campaña del Pacífico, sino de una huida desesperada en pos de la supervivencia. En consecuencia, las tres batallas que aparecen en Objetivo: Birmania carecen de épica y laureles: una incursión en un fuerte enemigo resuelta por Walsh con absoluta economía y limpieza visual; un encuentro casual en un villorrio birmano que responde a imperativos de venganza dentro de esa situación global de escape a toda costa, y, finalmente, una escaramuza presidida por el miedo, la paranoia, y el puro instinto de autoconservación -también excelente en su ejecución formal, un dechado de tensión y crispación nerviosa en medio del abandono y la oscuridad-. En sentido estricto, la gloria se reduce a no perecer bajo las balas. Por su parte, la extrema crueldad del enemigo japonés solo se conoce en off visual, oculta tras el decorado. La inclusión en el plano del enemigo no merece para Walsh un énfasis especial. Acecha, en gran número favorecido por una jungla atroz, pero sus miembros individualizados se limitan a dos hombres limpiando pescado y un observador con una radio-mula.

Este escenario selvático y hostil en el que deambulan los hombres de Nelson, el infierno verde, representa sin embargo uno de esos puntos en los que se advierte que el bélico acusa de manera más pronunciada el paso del tiempo que otros géneros. Se alude a la tortura ejercida por pulgas, moscas y mosquitos. Los soldados se muestran sudorosos, presos en un asfixiante laberinto al aire libre desbordado de ruidos angustiosos e incesantes y silencios abruptos y pavorosos. Pero la jungla del sureste asiático no constituye aquí un personaje omnipresente del relato como sí lo hará en obras posteriores más modernas y más terribles, rigurosas e inigualables en la plasmación de un horror cerval e inhumano que, simplemente, la mayoría de producciones de este tiempo no son capaces y no desean reflejar. Del mismo modo, el drama del soldado raso se disuelve con ingenuidad entre los típicos chascarrillos bravucones que, para consuelo de un público contemporáneo algo escarmentado, van sufriendo mella a lo largo del cansado periplo. Esa citada escaramuza en las trincheras de la colina, donde los muchachos se asemejan a conejos amedrentados a la espera del depredador voraz e implacable, ya da para pocos chistes.

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Siguiendo estas premisas, y tal y como se menciona en párrafos anteriores, se comprenden las necesidades euforizantes del cine bélico del periodo, a las que Objetivo: Birmania no es ajena. En su argumento, quedan en parte satisfechas gracias a la figura del periodista empotrado Mark Williams (Henry Hull), destinada en su impericia castrense a ser un trasunto del espectador al otro lado de la pantalla –propósito desactivado por su posterior sometimiento al estilo coral de la narración-. Observador curioso y lúcido, las destempladas y acertadas reflexiones acerca de la infamia de la guerra quizás aproximen su postura a una cierta imparcialidad humanista, pareja a la sensibilidad del propio Walsh. En cambio, su evolución se vierte sin contemplaciones hacia una histérica exaltación de la muerte tras comprobar los sanguinolentos métodos del enemigo, para el que clama por la aniquilación total. El impacto brutal de la sinrazón habla por su boca. Los puntuales golpes de pesimismo prosiguen –el valor de una medalla en comparación con una suculenta hamburguesa- y el colofón de Objetivo: Birmania no renuncia a depositar un grano de amargura entre la dulzura del éxito presente y venidero. Nos encontramos ante un sacrificio honorable en favor de la que probablemente sea la única guerra justa de la Historia –o, cuanto menos, en la que se puede señalar sin temor a dudas quién representa el Mal-, pero supone asimismo una pérdida incalculable, quién sabe si proporcionada.

Objetivo: Birmania no conocería las pantallas británicas hasta 1952. La razón: la película sugiere el decisivo papel norteamericano en una fase de la guerra dominada por las tropas imperiales británicas. La inserción inicial de la debida aclaración, en reconocimiento por fin de méritos del aliado, saldaría esta afrenta al herido orgullo británico.

Víctor Manuel Rivero

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