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Doce hombres sin piedad (1957)

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Dirección: Sidney Lumet Guion: Reginald Rose Reparto: Henry Fonda, Lee J. Cobb, Jack Warden, E. G. Marshall, Martin Balsam, Ed Begley Fotografía: Boris Kaufman Duración: 93 Min.

En el momento de escribir estas líneas, nos encontramos a las puertas de unos nuevos comicios. España lleva cuatro años sin gobierno estable, y acudimos, en cuestión de pocos meses, a una segunda llamada a las urnas. Las razones de ello son múltiples y complejas, y el que suscribe sabe demasiado poco de política y de Historia como para emitir un juicio razonable. No obstante, el visionado de 12 hombres sin piedad me mueve a una doble teoría acerca de este asunto absurdo.

La mitad de ella se apoya en la certeza de que no hay ningún candidato que parezca medianamente creíble. La política española está liderada por figuras que suenan a hueco, a cartón-piedra, a argumento interesado. A querer tener razón, a tratar de convencer. ¿Se imaginan un político sereno, de argumento sólido, de íntegra personalidad? La otra mitad, intrínsecamente relacionada con la primera, es que el mundo mediático e inmediato en el que nos vivimos no mueve a la reflexión: mueve las tripas.

Ni idea de cómo salir de la situación en que nos encontramos, pero algo me incita a pensar que la solución tiene que ver con la búsqueda honrada de la verdad. Ni idea si hoy, en los tiempos de Trump y de Femen, Henry Fonda hubiese podido plantear su “duda razonable” sin ser tildado de buenista, o fascista o fanático de izquierdas, o qué se yo. Sin haberle sido colgado el cartel de alguna ideología a manos de otra ideología. Y, sin embargo, en medio de esta cacofonía en la que baila nuestra época, parece imposible no seguir conmoviéndose ante este clásico del cine judicial. Del Cine con mayúsculas.

Alguien podría apuntar que no es para tanto. Que lo ideológico es, precisamente, la puesta en escena de Lumet. Que Henry Fonda tiene cara de bueno y solo él lleva traje blanco; que es casi el único que interpreta un papel como de hombre ecuánime y libre. Que el malvado de Sydney introduce por primera vez el melancólico tema musical del film mientras muestra el plano fijo de los ojos desconcertados del acusado, un aterrorizado inmigrante, poniéndonos de su lado. O que domina como nadie la composición del plano y sus escalas, véase, por ejemplo, ese momento de artificial coreografía -uno de los tres o cuatro planos generales de la cinta- en el que condena el racismo, lo humilla visualmente, lo aísla avergonzado. Y así sucesivamente.

El muy canalla, este director, el muy hábil, cómo nos envuelve. Tanto plano corto, para implicarnos emocionalmente. Tanto guion perfecto, seguro que algún agujero tendrá. ¿Y ese empeño por intentar demostrar que la verdad se defiende por sí sola, sin gritos? La verdad, menuda historia. La verdad, la verdad, ¿qué es la verdad? ¿Qué es la verdad si no cabe en el mundo de mis esquemas mentales en los que todos los (llamémoslos X) son siempre automáticamente culpables? Buah, ¡menudos son! Todos lo sabemos. ¿No? ¿Qué es la verdad si tengo ya mis calculadas razones? ¿Si tengo un partido a las 8? ¿Si tengo una foto en el bolsillo que me aguijonea el corazón con el recuerdo de mi fracaso? La verdad, el tono educado, el encuentro con el que piensa distinto… ¿A quién le interesan en la época de las fake news? ¿A quién se le ocurre, Lumet, hacer con cuatro duros una peli sobre la verdad? Una cinta claustrofóbica con doce sujetos encerrados hora y media en el mismo cuarto. En blanco y negro, para más inri. Pues menudo rollo. ¿No?

¿Qué es la verdad? A algún ilustre reo aquella frase ya le sirvió de condena. A Henry Fonda, el héroe Davis cuyo nombre se nos desvela el penúltimo plano, planteársela le sirvió para salvar a uno, en la fábula de Lumet. Bonita fábula. No dejen de (re)verla. Lo bueno de las fábulas es que siempre cuentan la verdad.

Rubén de la Prida Caballero

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