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We are who we are (2020) Make America Great Again

Hay directores que dejan su sello en todo lo que tocan. Luca Guadagnino lo hace en We are who we are, llevando desde el primer plano del primer episodio una premisa típicamente americana hacia un desarrollo totalmente imprevisible y políticamente incorrecto. El italiano expresa lo que los demás suelen callar y subvierte todo lo que un director americano hubiera construido en torno a un planteamiento como el de la vida de una base yanqui en territorio veneciano: un alto cargo militar de género femenino y orientación sexual ambigua (al menos para el espectador), un hijo adolescente alcoholizado y profundamente confuso, familias americanas repletas de imperfecciones, conflictos culturales que laten bajo escaparates de normalidad impostada, orgías en casas puntualmente okupadas…

Pero la maniobra de Guadagnino va mucho más allá de todo este cocktail de trapos sucios puestos al descubierto, tanto en su fondo como en su forma. Además de un catálogo de primeros planos capaces de capturar todo tipo de matices emocionales en sus personajes y de miradas que pronuncian todo tipo de sentimientos sin emitir una palabra, el cineasta exhibe un talento innato a la hora de escribir situaciones que, sin ser explícitas, insinúan de manera inequívoca y elegante su punto de vista político y social.

Es el caso de una escena paternofilial en el tercer capítulo de esta serie, en la que el padre de Caitlin recibe dos gorras de Estados Unidos con un “Make America Great Again” impreso en su parte frontal: el MAGA (recuperemos la grandeza de América) popularizado por Donald Trump en sus primeras elecciones. Henchido de orgullo, se coloca una de las gorras en la cabeza y ofrece la otra a su hija. En ese momento, la escritura de Guadagnino y sus colaboradores idea una metáfora perfecta para describir el presente y el futuro de esa relación entre un padre lobotomizado por las consignas nacionalistas y racistas del que será nuevo presidente de los EEUU y una hija que, sin ser consciente de ello, está brutalmente alejada del (prehistórico) perfil ideológico de su progenitor.

Cuando la inocente Caitlin intenta calzarse la gorra propagandística, se produce una ruptura silenciosa de ese vínculo: su precioso y larguísimo pelo afro, de raíces nigerianas y protector de un cerebro sin ataduras políticas ni restricciones sociales, es demasiado voluminoso y rebelde para ser encorsetado. El director de Call me by your name no da puntada sin hilo y nos deleita con el plano al que corresponde la foto fija que justifica este texto: padre e hija frente al espejo, traicionando de esta manera el mensaje del slogan trumpiano (impide su lectura debido a la inversión de las letras en el reflejo) y denunciando esa doble moral tan típicamente republicana.

Amparándose en la construcción previa del personaje, Guadagnino realiza un movimiento maestro, sin artificio alguno, que expone la situación de la América actual y apuesta por la esperanza en las nuevas generaciones. La madre de Caitlin es nigeriana y está completamente anulada por su marido, un oficial militar; su hermano rechaza las creencias de su familia y desea convertirse al Islam; mientras que la joven no está segura de su identidad sexual y empieza a detectar las cadenas invisibles que atan su libertad. Todo ello, representado en una gorra que no es capaz de abarcar la magnitud y riqueza de una América necesitada de otro tipo de grandeza y de una buena terapia de psicoanálisis.

Carlos Fernández Castro

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