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Small Axe: Lovers Rock (2020)

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Ha querido el destino que Lovers rock se estrene en una época en la que nadie que se precie de ser un ciudadano de bien podrá dejarse llevar por lo que sugiere este segundo capítulo de Small Axe. Quién pudiera celebrar la vida de esa manera sin contagiarse del maldito Covid-19: salir de fiesta a la casa de un amigo o conocido, dispuesto a quemar la noche y aparcar los problemas en el felpudo. Sin restricciones. Desgraciadamente, ni siquiera hemos podido compartir la experiencia cinematográfica en una sala de cine, aunque esto ya no sea achacable al Coronavirus sino a una cuestión derivada de las nuevas formas de producción y exhibición.

Durante los 70 minutos de metraje de Lovers rock, el único lugar que importa sobre la faz de la tierra es ese templo de la música y el amor en el que un grupo de afrobritánicos realizan un paréntesis en su día a día para bailar, beber, fumar, seducir, acariciarse e interactuar con la libertad que ofrece la ausencia del opresor blanco y los problemas del día a día. Hablan los cuerpos a través del movimiento y el tacto, se abrazan la imagen y la música como si apeleran a un mismo sentido del espectador y reclamaran la participación de los tres restantes.

Y es que Lovers Rock se aventura en los terrenos de la antinarracion, donde el argumento se resume en menos de una línea y los conceptos asumen el protagonismo para transportarnos a un estado de ánimo. En un momento del film, la música deja de sonar pero los asistentes siguen cantando Silly games a capella, como si prolongar la magia de un momento fuera tan solo una cuestión de actitud. La cámara de Steve McQueen serpentea entre sus personajes y captura ese algo intangible producto de una mezcla de planificación en improvisación (la duración prevista de ese momento era muy inferior al resultado final) que solo las grandes obras atesoran.

El director construye una burbuja inaccesible a los problemas raciales del exterior, un lugar en el que la magia adopta la silueta del deseo, de la música que, aunque solo sea por una noche, libera los cuerpos de las restricciones sociales, de la comunión entre unos hermanos que reivindican el espacio negado por el poder blanco. Puede que algunas notas desafinen en la armonía reinante, pero solo para ofrecer un retrato creíble más propio de la realidad que de una pantalla de cine, para reclamar justicia e igualdad, para proponer un instante de joie de vivre en una época de calamidades.

Pero además de un oasis negro en un desierto eminentemente blanco, Lovers Rock funciona involuntariamente como una protesta rabiosamente actual contra las restricciones que nos han convertido en seres solitarios y confinados, condenados a no volver a tocarnos y a mantener las distancias durante un largo periodo de tiempo. Es una película de otra época con resonancias evidentes en estos tiempos extraños de pandemia. Un recordatorio de lo maravillosa que puede ser la vida si las circunstancias acompañan.

En su vertiente eminentemente cinematográfica o, mejor dicho, cinéfila, conviene llamar la atención de cuánto recuerda la película de McQueen al mediometraje de Claire Denis, U. S. Go Home, en cuanto a la sensualidad de su puesta en escena (para el recuerdo, ese momento en que la atención del objetivo es desplazada hacia unas manos que acarician cuellos, cinturas, traseros o simplemente entrelazan sus dedos a la altura de nucas ajenas en busca de un simple beso), al escaso protagonismo de los diálogos y a la presencia exhuberante de una banda sonora que asume las funciones del diálogo y contextualiza toda una época. En este último sentido, es también inevitable apreciar la influencia de La sala de baile (Le bal, 1983), de Ettore Scola, de la que adopta esa vocación de crónica de una época mediante el lenguaje no hablado que la música establece entre dos o más cuerpos.

Y es que, de vez en cuando, conviene recordar que cuando las palabras no existían los cuerpos ya habían aprendido a hablar. Y cuando nacieron, lo hicieron para cantar.

Carlos Fernández Castro

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