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Crónicas desde el Festival Internacional de Cine de Berlín 2020 (25 de febrero)

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Forum y Forum Expanded

Como en otras ediciones, la sección Forum alberga obras diversas y periféricas, siendo el lugar privilegiado de la Berlinale para las cintas al margen de la ficción y del estilo narrativo. No obstante, la selección de obras parece coherente con las mostradas en la sección oficial, ya que tanto aquí como allí, los filmes seleccionados hacen hincapié en la dureza de los tiempos actuales y en los modos diversos de superarla. El documental de talante retórico Responsabilidad empresarial (Jonathan Perel) entra de lleno en la primera temática. El film se concibe como una sucesión de planos fijos, filmados desde dentro de un coche ante diversas factorías argentinas. Superpuesta al sonido ambiente de los diversos entornos industriales, una voz en off lee monótona las acusaciones por delitos de lesa humanidad contra cada una de las fábricas, todos ellos originados durante la dictadura de la Junta Militar, y con impacto aún en el presente. Una película a modo de juicio sumario, con una aspereza formal muy acorde al tema tratado. Al otro lado del espectro, el de las soluciones ante la dureza de los hechos, se encontraría la inclasificable cinta irlandesa The two sights (Joshua Bennetta), una película pequeña sobre las creencias gaélicas en torno a los poderes mágicos y premonitorios, a medio camino entre lo poético, lo fantástico y lo documental.

Berlinale specials

Onward (Don Scanlon)

Aunque no se cuente entre lo peor de Pixar, Onward representa sin duda una de las obras menores de la factoría del flexo. El relato de aventuras de dos hermanos elfos que emprenden un viaje fantástico a fin de completar un conjuro que resucite temporalmente a su padre, tiene todos los ingredientes habituales marca de la casa: imaginación a raudales, humor blanquísimo, narración impoluta y valores como encuentro, la familia y la generosidad. Un cóctel, como siempre, disfrutable y exquisito, aunque con un cierto regusto a ya sabido.  No obstante, la cinta de Don Scanlon será recordada por un hecho bien concreto: el de ser la primera producción de Pixar/Disney con un personaje secundario abiertamente LGTB.

Pinocho (Matteo Garrone)

El plano aéreo que inaugura el Pinocho de Garrone, acompañado de una animada música de guitarra y flauta, hace ya temer lo peor. Los primeros minutos de la cinta, consagrados a la interpretación de Roberto Benigni como entrañable Geppetto, amortiguan un poco la dureza del impacto. Pero no hay manera: con la aparición de Pepito Grillo se cobra consciencia de estar asistiendo a una patochada soberana, con su mezcla imposible entre el manierismo de los decorados y la fotografía, la ridiculez de las interpretaciones y la falta de fidelidad al original de Collodi. A años luz del clásico homónimo de Disney, no se sabe muy bien qué pretendían Garrone y sus secuaces con este crimen fílmico, pero, fuera lo que fuera, parecen lejos de conseguirlo.

Sección oficial (I)

Todos os mortos (Caetano Gotardo y Marco Dutra)

Es indiscutible que el nuevo equipo directivo de la Berlinale ha conseguido dar al Festival un nuevo esplendor, sobre todo en lo que a calidad de las obras proyectadas se refiere. Lo cual no quita para que se haya colado en la sección oficial Todos os mortos, sin duda una de las cintas más débiles de la competición. La película es deudora del Pedro Páramo de Rulfo en su realismo fantástico a medio caballo entre el reino de los vivos y el de los muertos, y, si bien es cierto que sorprende a ratos, resulta mayor el peso de su visión trasnochada de la lucha de clases y de su flojo guion lleno de tópicos. Conviene estimarla como lo que es: una esmerada obra temprana de dos directores jóvenes con un estilo propio aún por desarrollar.

Siberia (Abel Ferrara)

El cine de Abel Ferrara no es para todos los paladares. Junto con momentos de verdadera genialidad fílmica, el italiano parece no poder evitar transgredir los límites de lo mostrable. Quizá no los conozca. Eso explica que, en varios momentos bien concretos de la proyección de Siberia, abandonase la repleta sala una buena parte de los críticos allí presentes, presos de un comprensible rechazo. La repulsa transitoria parece ser el importe a pagar para poder gozar de una película de indecible fuerza, tocada a cuatro manos junto con Willem Dafoe, la musa fea de Ferrara. La cinta, que transcurre por completo en el dominio de lo onírico, pero sin renunciar nunca a una sucia fisicidad, acompaña a Dafoe por su periplo extremo, que lo lleva de las nieves supuestamente siberianas (alemanas en realidad) a un oasis del desierto (mejicano), pasando por verdes praderas (italianas), cuevas sorprendentes o el salón de su propia casa. Escenarios todos en los que el particular Ulises de Ferrara choca con los límites más dolorosos de la existencia humana, propia y ajena. La respuesta de Ferrara ante tal retablo de miserias es la opción por lo irreal, por el absurdo, por la imagen punzante y por una suerte de extraña filosofía autofabricada. Mucho más próxima al estilo asociativo que al narrativo, Siberia podrá gustar o generar resistencia (probablemente ambas emociones al mismo tiempo), y solo un milagro podría hacerla alzarse con el Oso de Oro. Pero es incontestable que se trata de una obra con una intensidad cinematográfica que bien puede ser la envidia de sus compañeras de competición.

Rubén de la Prida Caballero

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