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La voz humana (2020)

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Ganas tenía Pedro Almodóvar de abordar el monólogo de Jean Cocteau La voz humana, estrenado en la Comédie Française en 1930. Ya en 1987, en un fragmento de La ley del deseo acompañado del emblemático tema “Ne me quitte pas” —que trata la misma cuestión de la pérdida y el desamor— aparece Carmen Maura sobre un escenario como esa mujer desesperada por el abandono de su amor. Al año siguiente, la propia Maura protagoniza Mujeres al borde de un ataque de nervios y su Pepa intentando hablar
por teléfono, a lo largo de toda la historia, con su novio que se marcha parece inspirada en el personaje de Cocteau.

No es de extrañar esta atracción pues, además de la pieza operística de Francis Poulenc (1958) donde se canta todo el texto, hay al menos una veintena de adaptaciones al cine y la televisión, entre ellas la célebre de Roberto Rossellini interpretada por Anna Magnani en 1948, formando parte de un falso largometraje titulado L’amore, la de Ingrid Bergman de 1966 o la de Sophia Loren dirigida por su hijo Edoardo Ponti (2014). En YouTube hay una producción de TVE con Amparo Rivelles como protagonista que no merece el olvido. Desde luego este personaje de Cocteau es una aspiración y un reto para cualquier actriz.

Almodóvar vuelve a poner en escena a esa mujer sin nombre más de treinta años después, también blandiendo un hacha para destrozar los recuerdos de su amado, y lo hace con la distancia del metarrelato. En La ley del deseo la forma de distanciamiento era una representación —teatro en el cine— que, de algún modo, convertía la pieza dramática en metonimia de una vida completa; ahora esa distancia se produce porque todo transcurre en una nave industrial en cuyo interior se ha construido un decorado que hace de vivienda de la protagonista. Es muy reconocible el sello almodovariano tan presente en los medicamentos, los vestidos rojos, espejos, pinturas con abrazos y cuerpos desnudos, tonos pastel de las paredes y, sobre todo, esa música de Alberto Iglesias que se amolda y refuerza el clima emocional de la historia.

Tilda Swinton recrea con matices la evolución de esa mujer que habla por teléfono para intentar retener a su amor y que pasa por todas las situaciones y estados emocionales, desde la espera expectante a la decepción y la relativa serenidad con que prende fuego a la casa. Aunque en su interior es una mujer llena de furia, descontrolada por el zarpazo del desamor, Almodóvar evita toda debilidad y derrota —que sí había, por ejemplo, en Anna Magnani— para vislumbrar un futuro abierto. Es lo que sucede también en el final de Mujeres al borde de un ataque de nervios, con Pepa regresando a su ático, planeando poner orden y cuidar de los animales; así opera Tilda, acompañada del perro tras “quemar las naves”.

Estimo que esta pieza breve pide más de un visionado porque hay muchos matices en el propio texto, en la evolución del personaje y en detalles de la puesta en escena que pasarán desapercibidos. Me ha gustado comprobar la coherencia de Almodóvar con su carrera y con su estilo, cada vez más depurado dentro del barroco por el que opta.

José Luis Sánchez Noriega

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