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Anton, su amigo y la revolución rusa (Anton, 2019)

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El director georgiano Zaza Urushadze (Tbilisi, 1965-2019) ya daba cuenta en Mandarinas (2013) de la disputa por el territorio de su región del Caúcaso entre grupos con distintas afiliaciones políticas, nacionales o religiosas; además, el origen teatral de esa obra fuerza una reducción del espacio a un lugar muy preciso, caracterizado como encrucijada de caminos (metonimia de los encuentros y desencuentros de los diferentes credos). Su país se sitúa en esa zona —casi arrinconada entre los grandes: Rusia por el norte, Turquía e Irán por el sur— donde confluyen comunidades con distintas lenguas, orígenes e iglesias ahora vertebrados en países independientes (Georgia, Azerbayán, Armenia) y regiones disputadas o con identidad propia dentro de otros (Abjasia, Chechenia, Osetia, Nagorno-Karabaj). La historia de la región es, tristemente, una historia de guerras y calamidades.

Urushadze, fallecido de un infarto con 54 años al finalizar esta película, ubica en Ucrania, en un lugar costero del mar Negro, esta historia de intolerancia y violencia por motivos políticos y religiosos. A través de dos niños amigos, uno judío y otro cristiano, se narra el atropello bolchevique en un lugar donde conviven comunidades que hablan ruso y alemán, y tienen esas identidades religiosas. Nuevamente el espacio es protagonista, tanto en una visión más amplia (el territorio próximo al mar) como en una más próxima (la aldea): la cámara da cuenta de un espacio inhóspito, con casas separadas, la iglesia en medio de la nada, un gran edificio en ruinas, las salinas en el horizonte, planicies y secarrales sin una loma ni un árbol

Los niños fabulan con las formas de las nubes, la cámara fotográfica que puede captar fantasmas, el escondite de paja o el gran edificio en ruinas donde finalmente se encuentran con la verdad de Trotski hecho prisionero. Conviven con naturalidad y se juran amistad para toda la vida: sus padres también lo han hecho (el tendero judío ayudará a la madre y hermana del sacerdote a dejar el país y ponerse a salvo).

La película adapta la novela homónima del canadiense Dale Eisler, publicada en 2010 e inspirada en la propia historia familiar del escritor. Como sucede en otras adaptaciones, al comprimir el texto literario el guion queda un tanto deslavazado, lo que se aprecia en ciertos saltos en el desarrollo argumental y en la definición de personajes. Asimismo, los dos planos que maneja y que contrapone (la inocencia de los niños y la brutalidad de la represión bolchevique en los adultos) no siempre establecen la dialéctica que probablemente existe en la novela. Pero ello no constituye ningún obstáculo para apreciar una película comprometida con el derecho a la vida y al pluralismo político, religioso o de cualquier otro ámbito

José Luis Sánchez Noriega

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