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Exhibition (2013): Festival de cine Europeo de Sevilla 2019

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Dirección: Joanna Hogg Guion: Joanna Hogg Reparto: Viv Albertine, Liam Gillick Fotografía: Ed Rutherford Duración: 104′

Según Dante, pende sobre las puertas del infierno un letrero que, en castellano, vendría a decir: Los que me cruzáis, perded toda esperanza. Al superar el umbral del segundo largometraje de Joanna Hogg, el espectador llega a sentir lo mismo, al poco de habitar con M (Liam Gillick) y D (Liv Albertine) en la casa que se plantean vender. De nada sirven los colores saturados de las puertas, la evidente material sobreabundancia del lugar (o no-lugar para ser más precisos), el hecho de que ambos se dediquen, aparentemente, a lo que les gusta, y tengan resuelto el destino laboral. Infierno permanece infierno, igual a sí mismo eternamente.

Hogg acierta al definir este espacio de tormento como lo hicieran los escolásticos: el suplicio de una gran hoguera, pero que no desprende luz ni calor. La frialdad visual que Hogg imprime en su obra se sirve de la geometría de las formas y los encuadres, amén del uso constante de planos fijos largos con amplia profundidad de campo. También la banda de sonido, caracterizada por la ausencia absoluta de música y la frecuente presencia de un ruido ensordecedor, subraya la impresión infernal, asemejándose al modo en que el demonio Screwtape ideado por C.S. Lewis caracterizaba el hilo musical del Hades.

A través de episodios deslavazados, Hogg consigue retratar el suplicio existencial de dos no-identidades yuxtapuestas, de una relación de pareja sin pareja y sin relación. A veces no acertamos a saber qué pasó antes, qué después, qué es verdad y qué es sueño en una antinarración sembrada de elipsis indefinidas. Poco importa: fue insoportable, en cualquier caso. Una angustia que es sostenida por sus protagonistas con gesto estoico, con una flema muy british, con una sonrisa impávida, sin sentimiento, sin aspavientos, sin sangre. Muy nirvánico todo ello, muy aséptico como la casa, no vaya a ser (parece que piensen sus inquilinos) que nos roce el sufrimiento que nos inunda.

No obstante, el dolor perfora a veces la cinta -el ser humano no está hecho para ignorar tanto desgarro- y, de repente, ante un hecho nimio, vemos estallar a H en un ataque de ira, u oímos a D, en un plano completamente negro, sollozar la desgracia ocultada por tanto tiempo. Pero no se nos muestran sus lágrimas, sería empatizar demasiado, podría romper la cubierta de hielo que encierra toda la puesta en escena. La desorientación de ambos se materializa de modo especialmente descarnado en la relación de D con su propia sexualidad. Una sexualidad narcisista, aislada, exhibicionista (un atónito H tiene la desgracia de ser espectador ocasional de una de las performances de su mujer, mientras busca el deseo no se sabe dónde) y, sobre todo, increíblemente frustrada. Una sexualidad que hace mucho que dejó de ser encuentro, y, se ve, por ello, reducida a extravagancia, aumentada a obsesión.

La casa que describe Hogg es un lugar donde nadie quisiera habitar, del que el espectador desea huir durante casi dos horas, aun cuando fascinado por la fuerza de una gramática cinematográfica propia y poderosa, decida quedarse. La realizadora británica resuelve toda la tensión acumulada en el arriesgadísimo último plano de la cinta, que, después de tanta prisión, viene a ser como un destello de esperanza, una apuesta por la capacidad del ser humano para ser libre. Feliz, incluso.

Rubén de la Prida Caballero

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