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Festival D’A de Barcelona 2020: Algunas bestias

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Al igual que las personas, algunas películas quedan marcadas por un acontecimiento entre todos los que componen su metraje. Cuando es para bien, ese momento álgido puede llegar a rescatar una producción mediocre. Pero en el caso contrario, incluso un magnífico rebaño puede ser recordado por su oveja más negra.

Es el caso de Algunas bestias, un debut que destaca por la construcción asfixiante de su atmósfera. Basada en la suma de las tensiones existentes entre los miembros de una familia, la película hace un empleo fabuloso del contexto en el que se desarrolla su argumento: una isla incomunicada y de modestas dimensiones que alberga en su interior un destino turístico.

Entre su magnífico reparto, destacan las arriesgadas interpretaciones de Paulina García y Alfredo Castro, un matrimonio disfuncional que es invitado a disfrutar unos días junto a la familia de su hija. La compasión, los abusos sexuales y el desprecio son la argamasa que sostiene esta incómoda reunión o, mejor dicho, esta mascarada para involucrar a la pareja en el negocio de dudosa viabilidad que le propone su yerno.

Sin lugar a dudas, Jorge Riquelme Serrano sabe imponer el ritmo necesario para su narración y encuentra los mejores senderos para preparar su previsible tormenta. Pero todo se viene abajo cuando llegamos a ese anticlimax destinado a provocar una implosión de proporciones dantescas. En una decisión desafortunada a la hora de representar su detonante, el chileno opta por mostrar un abuso sexual de manera explícita y detallada.

En el momento clave de la narración, se renuncia a la elipsis, que tan buenos resultados había dado hasta ese momento. Bastaba la potencia y el significado de un suceso de este calibre para desatar la tormenta. Sin embargo, se opta por el exhibicionismo innecesario, acaso una forma de llamar la atención o de confesar una falta de confianza en la solidez del metraje anterior. En ese momento, curiosamente acompañado por unas decisiones torpes de guión, se rompe la coherencia del conjunto y se pierde la credibilidad de una ópera prima que podía haber sido notable. Me pregunto qué diría Godard de esta abyección, o ¿acaso el plano fijo no es una cuestión de moral?

Carlos Fernández Castro

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