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10 películas en Filmin para sobrevivir al confinamiento

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El Séptimo Arte está siendo uno de los recursos más útiles a la hora de digerir esta encerrona que vivimos a causa del maldito Coronavirus. Afortunadamente, contamos con numerosas plataformas que nos abastecen de películas para evadirnos durante unas horas al día. Sin embargo, la oferta es tan abrumadora que, en ocasiones, es difícil elegir entre tanto título.

Por ello, mi amigo Rubén (RPC) y servidor (CFC) hemos decidido confeccionar unas listas que sirvan de criba para los que nos estén tan familiarizados con estos contenidos. Para iniciar esta labor, hemos escogido nuestra plataforma favorita, Filmin, dedicada fundamentalmente a cine de autor pero no carente de títulos populares o, al menos, más accesibles para el gran público.

De esta manera, en nuestro listado de “diez películas para sobrevivir al confinamiento” hemos alternado películas más sesudas con otras más “ligeritas” dentro de un equilibrio que no se aproxime peligrosamente a ninguno de los extremos. Aquí va nuestra propuesta. Esperamos que os guste y que compartáis vuestras impresiones con nosotros, ya sea comentando en la web o en redes sociales.

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Granujas a todo ritmo (The Blues Brothers, John Landis, 1980)

A veces el cine funciona a modo de Juan Tamariz, ese mago feo y desaliñado, pero capaz de sacarse de la manga unas carcajadas, un asombroso show, una experiencia estética. Es el caso de Granujas a todo ritmo, esa gamberrada devenida película de culto, poblada de toda suerte de grandes del jazz y el soul como Aretha Fraklin o Ray Charles. Para olvidar el confinamiento durante 123’. (RPC)

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Mala sangre (Mauvais Sang, Leos Carax, 1986)

Segunda película de Leos Carax en la que el director de Holy Motors combina cine negro, romance en forma de triángulo y reminiscencias de la Nouvelle Vague en un mismo espacio y tiempo. Como era de esperar, el resultado es tan cautivador como iconoclasta y genera un puñado de imágenes para el recuerdo. Denis Lavant pone rostro a un antihéroe que posee el extraño carisma de los perdedores perdidos. (CFC)

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Una mujer bajo la influencia (A Woman Under the Influence, John Cassavetes, 1974)

El film que debería ocupar el número uno de las películas más infravaloradas de la historia del cine, aunque solo sea por contener una de las mejores interpretaciones femeninas jamás realizadas. Reto al lector a que argumente lo contrario, tras ver danzar a Geena Rowlands entre un grupo de niños al ritmo de El lago de los cisnes. Conmovedora, dura, realista, esperanzadora, y brillante. Todo a un mismo tiempo. Un regalo inolvidable de John Cassavetes. (RPC)

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El pequeño fugitivo (Little Fugitive, Ray Ashley, Morris Engel, Ruth Orkin, 1953)

Entre todas las experiencias que proporciona el cine, no es habitual la de mirar el mundo a través de los ojos de un niño. A medio camino entre la ficción y la estética documental, esta película nos sumerge en el universo infantil de su protagonista: primero en su entorno habitual y más tarde en las inmediaciones de un parque de atracciones donde todo parece una amenaza y el hogar dulce hogar parece un paraíso perdido. Sus directores te proponen vivir una aventura urbana con pantalones cortos y arena en los zapatos. (CFC)

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Las señoritas de Rochefort (Les demoiselles de Rochefort, Jacques Demy, 1967)

El cruce perfecto entre una película de Wes Anderson, un musical a la Stanley Donen y un pasteloso culebrón de sobremesa. Jacques Demy se lo debió de pasar muy bien rodando este clásico del género, ya que su ironía y su júbilo siguen perforando la pantalla en cada visionado. Es sí, es condición necesaria aceptar las reglas del juego del francés para no morir de sobredosis de cursilería. (RPC)

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Rufufu (I Soliti Ignoti, Mario Monicelli, 1958)

Mientras que Jules Dassin se encargó de perfeccionar el subgénero de atracos a través de su sensacional y mítica Rififi, Mario Monicelli apostó por embadurnar las enseñanzas del maestro francés con un sentido del humor marca de la casa. Más allá de la parodia, el cineasta italiano logra volcar la idiosincrasia italiana de la época en un modelo que parecía rígido e impermeable a este tipo de expropiaciones. Mastroiani y Gassman ofrecen una lección de buen hacer cómico en el marco de una parodia más profunda de lo que parece. (CFC)

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Cuentos de Tokio (Tokyo monogatari, Yasujiro Ozu, 1953)

“Parece que no cuenta nada, y habla de todo”, comentaba un amigo tras el visionado común de Cuentos de Tokio, el opus magnum de Yasujiro Ozu, el cineasta nipón por antonomasia. Una obra delicada, profunda, e inolvidable en torno a la esencia de las relaciones familiares y sociales. Más aún: una mirada equilibrada y dramática sobre el misterio mismo de lo humano. (RPC)

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Policía en Israel (Ha-shoter, Nadav Lapid, 2011)

Antes de Sinónimos y La profesora de parvulario, Nadav Lapid debutó en el largometraje con esta historia de corrupción y terrorismo. El cineasta israelí parte su película en dos mitades mellizas, que mantienen un fuerte vínculo a través de la oposición entre sus puntos de vista: por un lado, el de unos policías que representan el paradigma de la masculinidad tóxica y el abuso de poder; por otro lado, el de unos terroristas inexpertos y sin vocación de mártires. Moralidad compleja y emociones intensas para un desenlace inolvidable. (CFC)

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Mujeres al borde de un ataque de nervios (Pedro Almodóvar, 1988)

La belleza puede matar, como a King-Kong, o puede inspirar y suponer un gran alivio, aún tratándose de una belleza tan kitsch como la que propone Almodóvar en esta obra clave dentro de su particular universo. Una película desternillante y magnífica que revela que las cuatro paredes de un piso de Madrid (aviso a ciudadanos en cuarentena) pueden dar para mucho. (RPC)

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El ejército de las sombras (L’armeée des Ombres, Jean-Pierre Melville, 1969)

Aún siendo más conocido por sus film noir, Jean-Pierre Melville realizó una de las mejores películas de espionaje que se recuerden. En el marco de la II Guerra Mundial, la resistencia francesa lucha por liberar a Francia del yugo nazi. Melville crea suspense como pocos y construye unos personajes que trascienden los marcos de la pantalla para convertirse en personas de carne y hueso que respiran, sufren y temen al otro lado de tu salón. Como ya ocurría en Casablanca, es imposible no sentirse francés durante un par de horas. (CFC)

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